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Oír la palabra estupor en labios de la expresidenta de la Junta y venirme a la cabeza este artículo fue todo una misma cosa. Según ella, escuchar una proposición de un portavoz parlamentario andaluz la dejó sin poder hablar e imposibilitada de reaccionar; pues esa es la definición del diccionario para la palabra estupor. Otra cosa es que la haya utilizado sin saber exactamente lo que significa, cosa por otra parte harto frecuente en nuestra clase política. No entro en detalles sobre la proposición de marras porque siempre huyo de meter mis artículos en el fango político. Pero sí aprovecho la noticia para recordarle a la Sra. Díaz las veces que yo me he quedado sin habla y sin reacción, con estupor, cuando ella y otros de su partido presidían el Gobierno andaluz.

Un par de ejemplos. El primero fue cuando heredé. Mi padre fue un hombre que terminó su vida en una posición acomodada, que no rico, después de cincuenta años trabajando jornadas de dieciséis horas, siete días a la semana y cuatro semanas al mes. Tuvo triunfos y fracasos, como cualquiera. Gracias a Dios y a su tesón e inteligencia fueron más los primeros que los segundos. Y murió dejando un patrimonio de un tamaño similar al de millones de españoles que se pasaron la vida sudando desde su juventud hasta el último día. Aquí llegó mi primera sesión de estupor, fue cuando la Junta, y la madre que la trujo, me trató fiscalmente peor que a un hijo de la duquesa de Alba. Esta señora estaba censada en Madrid y yo en Andalucía. Esa era la diferencia. Pues nada, un riñón, un ojo de la cara y una mano le dejé a la Junta. Yo lo estoy contando porque sobreviví y puedo escribirlo. Otros miles de andaluces se quedaron en el camino, arruinados perdidos y no con estupor, si no con mucha ira y no menos desesperación. Así que con su estupor, señora Susana Díaz, me hago yo tirabuzones, como las aguerridas gaditanas se hacían con las bombas de los malditos gabachos invasores.

Del primer estupor salí, en el segundo permanezco todavía. Desde hace ya muchos años tengo la costumbre de visitar pueblos andaluces; ahora mismo, y ya jubilado, cada semana. Y constato con estupor que la Andalucía rural se desangra, se despuebla, envejece, se extingue. Y en cada pueblo me acuerdo de los cien mil abortos anuales en España. Hago cuentas sobre cuántos de esos niños exterminados eran andaluces y me salen varios miles.

Y me quedo cabizbajo en el bar de ese pueblo, charlando con los que quedan, todos más viejos que yo. Y de vez en cuando, muy de vez en cuando, vemos pasar a una mujer con un carrito de bebé e interrumpimos las conversaciones. Nos llenamos de alegría y se nos pasa el estupor.

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