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La esquila

Tomar el testigo

Cuando se echa la vista atrás y se analiza, por ejemplo, la llegada de la generación de mis padres a las cofradías, se ve un grupo de jóvenes que querían ser mayores. Personas que, rondando la treintena, se esforzaban en diferenciarse de la adolescencia a través de su manera de vestir y sus actitudes. Querían tomar responsabilidades: familiares, profesionales, sociales. Las hermandades han vivido y viven actualmente del empuje de esas personas, que hoy pueden rondar entre los sesenta y los setenta, y que siguen en muchos casos comprometidas. Si no, miremos la nómina de hermanos mayores actual y de los últimos años.

Hoy la situación ha cambiado: los jóvenes nos resistimos a dejar de serlo, a pesar de que nos acerquemos a los cuarenta o incluso los superemos. No queremos vestirnos como adultos y responsabilidades las mínimas. ¿Hijos? Dos, uno o ninguno. ¿Juntas de gobierno? No hombre, eso es para aburridos.

Pero al estilo de los brotes verdes que decía el presidente de triste recuerdo, a veces surgen excepciones que llenan de alegría a este que escribe, porque, además, en alguno de los casos, la amistad que me une con el protagonista de estas líneas me impulsa a mencionar su caso y otros más.

En el Cautivo, Daniel Villalba ha tomado el testigo de otro hermano mayor también joven, y coordina una junta con una media de edad relativamente baja que con gran empuje y decisión trabaja por su cofradía. En el Santo Entierro, Javier Mesa es el hermano mayor desde hace varios años. Los resultados de una gestión seria y acertada saltan a la vista. Una hermandad difícil, como pocas seguramente, que atraviesa un periodo de estabilidad y solidez, dentro de su pequeño tamaño, que merecen mi humilde elogio.

Y por último, quiero referirme para terminar a un tercer caso. Hoy en día, ser hermano mayor de una hermandad en Huelva es más un acto de responsabilidad que de protagonismo. Y más a nuestra edad. Por eso, animé desde el primer momento a mi queridísimo Carlos Galindo a presentarse en la Buena Muerte. Todavía no lleva un año, pero no puedo evitar la tentación de escribiros sobre él y su familia ahora que se acerca su primera Semana Santa con la vara dorá.

¿Cometerás errores estos años? Pues claro. ¿Tendrás que ceder en algunas cosas? Por supuesto. ¿Habrás que morderte la lengua? Más de una vez. ¿Cómo si no se gestiona un colectivo? Pero tú lo tienes fácil, Carlete, lo has vivido en tu familia. Con el corazón en una mano y el Evangelio en la otra. Con calma, sin revoluciones. Roma no se hizo en un día.

Intento parar cada año la Cruz de Guía de San Francisco ante el palco de su familia, los Fuentes, porque suelen esperar la insignia (lo hacen con todas las cofradías) de pie, mostrando el mayor de los respetos ante lo que representa. No se puede tener más categoría que Concha Fuentes de pie en su palco ante la Cruz de Guía de San Francisco. Te felicita la estación de penitencia, te pregunta cómo va todo, pero en el fondo no te atiende. Ni siquiera te ve. Eres un nazareno transparente, si es que eso es posible, porque lo que realmente le obsesiona a esas horas de la jornada es que mañana es Jueves Santo y sale la Buena Muerte.

No puede apartar la vista del convento que tiene enfrente, porque en pocas horas la Virgen de la Consolación está en la calle. Y esa será, un año más, la historia de su familia ante sus ojos: antes su padre (¡pata negra!) y ahora sus hijos (uno hermano mayor) y nietos.

Eso es Semana Santa. Con mayúsculas. Lo demás… sí, es bonito, pero me importa mucho menos.

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