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Veía la serie británica Black earth rising. En una habitación de hospital, un hombre lee un libro a una mujer en coma. Entra el padre de la paciente y le pregunta: "¿Qué le estás leyendo?". El lector responde "Un viejo libro de Somerset Maugham"… ¡Somerset Maugham! ¡Cuánto tiempo hacía que no oía mencionar su nombre! Fue siempre una de mis precoces lecturas habituales que degustaba con fruición sensual. ¡Cuántas veces hablábamos de él y de sus libros Ricardo Bada -uno de los escritores más prestigiosos de esta tierra, muchos años ya en Colonia (Alemania)- y yo, celebrando aquellas tempranas lecturas de tan lejanos tiempos imberbes y adolescentes! Era uno de esos autores de cabecera que uno sitúa junto a Stendhal, Balzac, Dickens, Pérez Galdós, Blasco Ibáñez, Conrad, Zweig, Maurois -algún día escribiré sobre Maurois-, Saroyan, Kafka, Hemingvay, Steinbeck, Camus… Me detengo. La lista es demasiado larga. No es presunción. Es, sencillamente, autosatisfacción por haber disfrutado -y seguir gozando- de tan valiosas lecturas.

Por las razones que fueran -no entro en ellas- Somerset Maugham no tuvo siempre la estimación de los críticos más exigentes. Quizás lo que se ha llamado los "grandes clásicos". Stefan Zweig, con ese título, escribió entre otras biografías y ensayos, las de Balzac, Dickens y Dostoiewski. Los calificaba "creadores de mundos". Una especie de universo con leyes propias. El éxito masivo de tantos libros de Maugham, muchos de los cuales fueron llevados al cine y varios en más de una ocasión: La carta, El velo pintado, El filo de la navaja, Servidumbre humana, adaptado por grandes directores -El agente secreto, de Alfred Hitchcok; La dama de Oriente, de Raoul Walsh…-, interesaron a un inmenso número de lectores, conmovidos por sus apasionantes aventuras, la intensidad de sus relatos sobre el amor, las pasiones humanas, los viajes, sus diálogos impagables, las descripciones de escenarios exóticos y parajes paradisíacos, su lenguaje fácil y directo, acabaron por entusiasmar a los más celosos guardianes de la excelencia literaria.

Somerset Maugham, médico, aunque no ejerció, y agente secreto, fue un viajero incansable. Llegó a Andalucía por primera vez en 1897, a los 23 años. Volvería muchas veces más pasando aquí largas temporadas. Escribió un libro: Andalusia. Sketches and impressions, que se publicó en Inglaterra en 1930 y en Argentina en 1947. A España llegaría muchos años después y a alguien se le ocurrió editarlo con el título Andalucía: La tierra de María Santísima. Fue un gran aficionado taurino. Hoy, cuando recobro su grata memoria y la estela fecunda de sus numerosos libros, hojeo Carnet de un escritor, texto imprescindible, y constato una vez más que cuantos temas abordó los describió con singular sinceridad, viveza e ingenio. Por ello no dudo en inscribirlo entre los más grandes autores clásicos del siglo pasado.

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