Cambio de sentido
Carmen Camacho
¡Hey!
Tantas columnas tituladas estas semanas con alguno de los éxitos de Julio Iglesias (aquí va la mía) me hicieron brotar la otra noche, al filo de quedarme roque, un recuerdo de la infancia tan estrafalario que, por la mañana, tuve que telefonear a mi padre para confirmarlo. Sierra Sur de Jaén, principios de los 80. En el barrio donde vivíamos abrió un bar un alemán grande y rubiasco, que a saber por qué había recalado allí. Los parroquianos solían ser hombres, también gigantes a mis ojos, no pocos empecinados del vaso, y algún cíclope al final de la barra. Allí iba con mi abuelo, mis tíos o mi viejo, o me mandaban las mujeres de la familia para recordarles, de un tirón de la pernera, que tenían casa. La visión que me desveló la otra noche (lo corrobora mi padre) era cierta: contra todo pronóstico, al fondo de aquel local de tabernosaurios y tipos duros, había un piano. Algunas noches, el alemán se sentaba a las teclas y cantaba con voz de pana: “Hey, no vayas presumiendo por ahí…”.
Las cosas han cambiado. Ya no están la casa primera, nuestra mastín blanca, el alemán. Pero también va cambiando, no sin resistencia, la mirada y el imaginario de eso que llaman masculinidad. Los referentes varoniles de entonces, como este que, ¡hey!, ama España pero vive en Bahamas y otros rompebragas mayores del Reino, los teníamos muy amortizados antes de conocer las acusaciones contra no pocos de ellos. Lo que antes pasaba por normal (el cantante metiendo cuello a una periodista, los hombres siempre ausentes de su casa) hoy manifiesta su condición de herida. Todo esto podrá evocarse como relato pintoresco de una época, pero ya no es posible apartar la vista del filo que más corta. El alemán al piano entonaba la canción del ídolo del momento ante un auditorio que, al escucharla, se pedía otra para no quebrarse. Leo y veo que la vieja masculinidad está de vuelta. Como si alguna vez se hubiera ido del todo a limpiarse las excrecencias y regresar consciente, valiente, plena. Continúa afligiéndonos, en sus versiones burda (a la música y referentes de la misma en las actuales listas de éxitos me remito) y sutil (analfabetismo emocional, incapacidad para el vínculo real en pie de igualdad, egos de cristal…). Como decía aquel anuncio de colonia pingona, “Vuelve el hombre” o, bien dicho, un modo averiadísimo de serlo. Que me espere sentado.
También te puede interesar
Cambio de sentido
Carmen Camacho
¡Hey!
Postrimerías
Ignacio F. Garmendia
Ser y nada
La mota negra
Mar Toscano
Madrid en primavera
Su propio afán
Enrique García-Máiquez
Estado de los funerales