Lola, la onubense que se salvó en el accidente de Adamuz por cambiarse de vagón: "Todo dependió de levantarme o no levantarme"
Lo que parecía un gesto cotidiano, sentarse con una amiga, se convirtió en un momento decisivo para Lola: Cambiarse de vagón pudo salvar su vida, y aquí está para contarlo
Hay decisiones que se toman sin pensar y que, sin saberlo, cambian una vida entera. Un gesto mínimo, casi cotidiano. Un “vente conmigo”, un cambio de asiento, un vagón distinto. Para la joven onubense Lola Beltrán, ese cambio de sitio aparentemente intrascendente fue la frontera exacta entre la vida y, con demasiada probabilidad, la muerte.
El 18 de enero, Lola Beltrán viajaba en el tren Alvia Madrid–Huelva, el que salió peor parado en el brutal choque con un Iryo que cubría la ruta Málaga–Madrid, a la altura del municipio cordobés de Adamuz. Había ido a Madrid para examinarse, como muchos de los pasajeros, con la cabeza puesta en las oposiciones, y la vida, como tantas otras veces, en piloto automático.
Tocaba volver. Empezó el trayecto en el vagón 3. Minutos después, por petición de su amiga Rocío, se cambió al vagón 5, dejando allí a su amiga Elena, con la que más tarde se reencontraría.
No lo sabía entonces, pero probablemente acababa de salvarse la vida, o como mínimo, de resultar gravemente herida: “Yo iba a sentarme en mi sitio y ya está, como siempre. Fue algo tan tonto como que una amiga me dijo que me fuera con ella. Si no llega a decírmelo, yo no me muevo de allí”.
"Yo debería haber estado ahí”
El impacto fue seco, brutal, incomprensible. Un frenazo imposible, como si el tren hubiese intentado detener el mundo de golpe. Lola salió despedida varios metros, entre maletas, asientos arrancados y cuerpos cayendo unos sobre otros: “Volé, literalmente”, recuerda.
El caos fue absoluto: Oscuridad total, hierros retorcidos, gente atrapada, y muchos gritos. Aun así, logró levantarse. No sabe cómo. Tenía moratones y contusiones, pero nada grave. Nada que se pareciera a lo que había ocurrido unos vagones más adelante: “Yo no sé ni cómo me levanté”, relata.
El vagón 5 fue, dentro de la tragedia, una excepción. No descarriló. No se tiene constancia de que haya víctimas mortales, ni heridos graves. En el vagón 3, donde Lola debería haber estado, sí los hubo. Y camino de la cafetería (que estaba en el vagón 2) murieron tres onubenses que minutos antes habían decidido levantarse para ir a tomar algo. “Si se hubieran quedado donde estaban, casi seguro habrían sobrevivido”, dice Lola, todavía sin poder asimilar del todo esa cadena de casualidades que pesa como una losa.
Es lo que más le cuesta asumir: "Que todo dependiera de levantarte o no levantarte, de moverte o no moverte”, confiesa.
Tras el choque, la noche se volvió interminable. Rompieron ventanas para salir, llamaron varias veces al 112, el frío extremo, y había una oscuridad que lo envolvía todo.
"¿Qué hay otro tren?"
Eso es lo que preguntó un guardia civil cuando vio llegar desde la oscuridad a uno de los supervivientes del Alvia que fue hacia donde estaba la luz, lugar donde se encontraban auxiliando a los pasajeros del tren Málaga-Madrid.
Hasta entonces, nadie supo que también estaba el convoy accidentado donde estaba Lola, junto con más de cien pasajeros que viajaban a Huelva. Los servicios de emergencia no fueron conscientes hasta entonces de que no era solo uno: Había dos trenes implicados en el accidente.
“Lo peor fue no saber qué hacer ni a dónde ir”, cuenta. Cuando llegaron los refuerzos, caminaron casi un kilómetro por la vía, en silencio, sin mirar al izquierdo, porque allí ya había fallecidos. Nadie explicaba nada. Solo avanzar, seguir a la gente, aguantar el frío.
Los que podían caminar por su propio pie, se juntaron con los supervivientes del tren Iryo, y nuevamente volvieron a emprender la marcha en la oscuridad del campo, hasta una zona donde un autobús los recogió, y ya en él, un trayecto en el que todos fueron en silencio.
En el polideportivo habilitado como punto de atención, el cuerpo de Lola empezó a aflojar. El shock llegó después: “Al principio tenía mucha sangre fría, pero cuando llegué allí me vine abajo. Necesitaba que alguien me dijera qué tenía que hacer”, recuerda.
"No era mi momento"
Hoy, Lola está viva. Ilesa, dentro de lo posible. Con mareos, vómitos y dolores cervicales, por el golpe, sí, pero viva. Y con una certeza que le ha cambiado la forma de ver la vida: “No era mi día. No era mi momento”. Y piensa en su madre, fallecida hace poco más de un año: "Pienso que mi madre estaba ahí diciéndome, ponte aquí, quédate con tu amiga”, dice.
Ahora relativiza todo: "El trabajo, el examen, los problemas… Todo me da igual comparado con estar aquí”. Su amiga Elena, por suerte, aunque iba en el vagón 3 y ha resultado herida, también ha sobrevivido: "En el 3 ha habido fallecidos, todo dependió de donde habías estado sentado".
El accidente ha dejado, por lo pronto, 43 fallecidos (la mayoría del Alvia) y decenas de heridos. Es ya el peor siniestro ferroviario de la alta velocidad en España. Nada puede compensar ese dolor. Nada puede devolver las vidas que se perdieron. Pero en medio de tanta oscuridad, la historia de Lola es una pequeña luz. Un recordatorio de que, incluso en las peores tragedias, la vida a veces se abre paso.
“Estoy agradecida. No me quejo. Estoy viva, y eso es lo único que importa”, afirma: “Estoy aquí para contarlo”, dice.
Y eso, ahora mismo, ya es todo.
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