Cultura

El amante del fuego

  • La obra de José Guevara es abstracta y compleja, de una gran fuerza interior

Quedé con él en la zona cero del Plan E (E de eternidad). Allí estaba, sentado, en los restos de un banco. A su alrededor, como en sus obras, un mar de cráteres, vestigio de que hubo vida. Pérez Mercader debería estudiarlo. Nada más identificarme, se levantó, cortés, y sin dejar de mirarme a los ojos, asió mi mano y la elevó mientras pronunciaba un 'tanto gusto Señora' con un acento que navegaba entre las olas de Punta del Este y aquellas bendecidas por el Adriático.

Me llevó a su casa/taller, un nido de águilas donde Huelva se viste infinita. Allí, entre libros, cuadros y recortes de periódicos, pude apreciar parte de todo el esplendor de su obra, la pictórica y la teatral. Acción y conciencia. Pero todo ese conocimiento adquirido estaría desnudo sino no hubiera quedado embelesada por su conversación. Por su palabra.

Desde que regresara a España en 1960, tras una década de residencia en América donde forma parte de la vanguardia suramericana, se ha convertido en uno de nuestros artistas más internacionales, con estudios en París, Madrid, Milán y Jesi. En esa década y de la mano de González Robles, se alista al ciclo de exposiciones internacionales que el Estado de España factura por el mundo. Unos años donde comparte compromisos plásticos y políticos con Tapies, Rueda, Torner, Muñoz, Canogar, Zobel, Genovés, Sempere, Saura, entre otros, en espacios de culto como la Tate Gallery, la Bienal de Venecia o la de Sao Paulo. Responsabilidad y vanguardia en una España aún de represalias y censuras.

Su obra, esencialmente, es abstracta, y compleja, de una gran fuerza interior, instintiva, misteriosa, táctil y primitiva. Toda su producción admite un sello muy particular, el que especifica y especializa la técnica por él inventada y denominada por Carlos Areán como 'óleo por combustión del pigmento'. El fuego y la materia abrasada, su gran aportación al Arte, contiene un significado artístico, vital y filosófico distinto a otros autores con 'apariencia plástica' similar, caso de Burry o Fautrier.

Su importancia pudiera resumirse en dónde hoy residen sus obras. Señalemos algunos lugares: Museo Reina Sofía, Academia de Bellas Artes de San Fernando, Fundación Taylor de París, Galería de Arte Nacional de Roma, Museo Vaticano, Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, Gadsden Museum of Fine Art de Gadsden, Museum of Modern Art de Melbourne o National Museum de Bagdad. Pero no. Su importancia es él, su legado, su inteligencia, su mesura, su palabra… su respeto al hombre, su amor a Huelva.

Recuerdo una pregunta de Saint-Exupéry: "¿De donde soy". Respuesta: "Soy de mi infancia". Tras años de exilios interiores y exteriores, ha regresado al encuentro de su niñez y juventud perdidas. Su biografía es un impulso sin final de cómo sobrevivir, de cómo con los pies hincados al calor y al color de la tierra se puede aspirar cada día a conseguir la posibilidad de un mundo mejor.

Su vida y su obra son frutos, agarradas al pensamiento de Demócrito y Monod, del azar y, también, de la necesidad. El azar, "el pseudónimo de Dios cuando no quiere firmar", como le gusta decir recordando a Anatole France, ni miente ni deja de decir la verdad, pero le conduce por un camino u otro, por el bien o por el mal, por la suerte o la desdicha. Le labra la realidad del destino y la expresión del arte y de la vida con palabras concretas, no con símbolos, que a veces asoman en su obra sin subterfugios ni ripios ni esclavas tendencias, aunque aparentemente las sombras indeterminadas de las figuras a fuego creadas le turben. A juicio, esculpe con fuego la realidad que sufre, la que otros no ven. O no desean ver.

Este señor, pintor amante del fuego (en nada fatuo), es de Huelva, nacido en la Puebla de Guzmán hace 83 años, y se llama José Guevara Sández. Hoy he conversado con él durante casi cuatro horas. No quiero esperar más tiempo, y con amigos comunes, para volver a estar con él. No sólo me he enriquecido de su obra, he sido testigo de la palabra de un artista protagonista de la revolución del hombre por la libertad: ahí queda, para la historia, Suramérica y Cuba, Francia en su primavera del 68, Portugal y sus claveles y España, la prisionera de cuarenta años y la de la ilusión que comenzó una noche de final de 1975.

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