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La vida después de la política

  • Hay políticos que renuncian a su actividad porque se ven en la obligación de asumir fracasos electorales. En otras ocasiones, los propios partidos deciden el momento del relevo

La vida después de la política La vida después de la política

La vida después de la política

El fracaso electoral marca la vida útil de algunos políticos. Albert Rivera ha concluido su carrera política y ha anunciado el regreso a su profesión. Éste es sin duda el momento que ningún político quiere vivir. El final de la vida pública es un momento crítico y coloca al líder al borde del abismo. Pero ¿hay vida después de la política?

Que la política envejece no es ningún secreto. Vemos a los presidentes del gobierno encanecer por las preocupaciones hasta el punto de que se marchan de la Moncloa con un físico muy castigado. La política es exigente y, sin embargo, cuesta mucho trabajo abandonarla por decisión propia.

Poco antes de abandonar la Casa Blanca, el presidente Jonh Quince Adams (1825-1829) afirmó que “no hay nada más patético que la vida de un expresidente” y permaneció como legislador en el Capitolio diecisiete años más, hasta su muerte. El miedo a afrontar la vida después del poder lleva a muchos políticos a retener su posición el máximo tiempo posible.

La rutina diaria cambia radicalmente. No hay un equipo de personas pendiente del líder; los medios de comunicación ya no reclaman su atención; el teléfono no suena; y las invitaciones para presidir actos y asistir a acontecimientos de toda índole dejan de recibirse. De golpe y porrazo, el político sufre el síndrome de la agenda vacía.

Hay políticos que renuncian a su actividad porque se ven en la obligación de asumir fracasos electorales. En otras ocasiones, los propios partidos deciden que ha llegado el momento del relevo. Pero quizás lo más complicado y menos usual es abandonar la responsabilidad voluntariamente. Quince años después de dejar la Moncloa por iniciativa propia, el expresidente José María Aznar ha admitido públicamente que la decisión más compleja que tomó fue irse. “Cuando eres un dirigente con un respaldo social y político muy alto, tienes la tentación de creerte que el mundo no puede girar sin ti, por eso es tan difícil marcharse de los sitios”.

La actividad política intensa lleva aparejada el padecimiento del estrés agudo crónico, es decir, situaciones con altos niveles de estrés mantenidos en el tiempo. Ello es debido a que la persona tiene que estar pendiente de muchos focos de interés en medio de enormes dosis de presión. Cuando se deja de estar sometido a este estrés, es el momento en el que aparece la sintomatología. En opinión del doctor de Psicología del Trabajo, José A. Climent, “estos políticos pueden llegar a padecer trastornos parecidos al estrés postraumático, apareciendo alteraciones psicosomáticas muy importantes, como desconcentración, insomnio, enfermedades intestinales y problemas psicológicos de toda índole”.

Estos trastornos se deben a cambios muy bruscos en su nueva vida. Para evitarlo, Climent recomienda “un periodo de adaptación, ayuda especializada e incluso pasar por terapia, sobre todo si ha estado sometido al síndrome de Hubris”. Este síndrome lo padecen las personas que han ostentado el poder durante mucho tiempo y pierden la capacidad crítica, tanto externa como interna, hasta el punto de que acaban creyendo que lo saben todo y que cualquier opinión distinta o disidente es errónea.

El síndrome de Hubris puede enmascararse mientras se está en el poder, en opinión de Climent, “porque el político está rodeado de personas que lo complacen. Sin embargo, cuando abandona esa responsabilidad, es muy frecuente que sufra importantes dificultades de adaptación en su entorno, apareciendo graves problemas familiares y de pareja”.

Incompatible con la salud

El abandono de la política puede ocasionar problemas derivados del cambio de vida. Pero mientras se ejerce la actividad, la salud también se resiente. Cuando el líder de IU en Andalucía, Antonio Maíllo, anunció que dejaba la primera línea de la política afirmó ante los medios de comunicación que “este estrés es incompatible con la calidad de vida”, momento que aprovechó para reivindicar una política “que permita la vida humana, la salud y el buen vivir”. Y es que distintos estudios científicos vienen a confirmar lo que vemos en el aspecto físico en nuestros políticos a través de los medios de comunicación.

La presidencia del Gobierno es, probablemente, la tarea más exigente y que más deteriora la salud de quien la ostenta. La ecuación es la siguiente: a más responsabilidad política, menos años de vida. Según estudios de la Universidad de Harvard y de Massachussetts, ser presidente del gobierno está asociado con un aumento sustancial del riesgo de mortalidad. En concreto, ser elegido presidente puede suponer hasta 2,7 años menos de esperanza de vida y un 23 por ciento más de riesgo de muerte con respecto a otros candidatos que no alcanzaron su objetivo.

Arrugas, caras cansadas, caída de las cejas y exceso de piel en los párpados son algunos de los síntomas asociados al estrés de los líderes políticos, aunque sin duda el cambio más reconocible es la aparición de canas, producidas por la pérdida de sustancia que da color al cabello.

Volver a empezar

Termina la etapa política, pero la vida continúa. Algunos deciden volver a su trabajo anterior, como hizo Alfredo Pérez Rubalcaba que, tras veinte años en la vida pública, regresó a las aulas de la Facultad de Químicas. Otros abandonan la primera línea pero continúan en política ocupando puestos más modestos desde los que seguir influyendo y no desaparecer del foco de los medios de comunicación.

Son numerosos los casos en los que se da el paso al sector privado, normalmente en direcciones de empresas y en consejos de administración desde donde aportar su visión estratégica adquirida tras años de ocupar una posición privilegiada.

Diversas instituciones internacionales u organismos multinacionales son destinos frecuentes de exmandatarios, desde donde continúan conservando cierta posición. Otros se ponen al servicio de una causa social, que ahora pueden defender con mayor independencia, promoviendo alianzas.

El experto Enrique Marí Chaparro afirma que “independientemente de la opción que escojan, todos los expolíticos tienen algo en común: son personalidades que siguen siendo activos muy valiosos en la escena política y social. Por eso, deben tener la oportunidad de aportar su experiencia y talento de una manera estratégica”.

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