Raúl Barba | Director del Centro Penitenciario de Huelva

“Pretendemos que las personas mejoren y no se conviertan en un Bernardo Montoya”

  • Cinco meses lleva al frente del penal, donde tiene a su cargo a casi 1.200 internos y 450 funcionarios

  • Defiende la reinserción y es partidario de la prisión permanente revisable

El director de la cárcel de Huelva, Raúl Bravo, en el acceso al interior de la prisión. El director de la cárcel de Huelva, Raúl Bravo, en el acceso al interior de la prisión.

El director de la cárcel de Huelva, Raúl Bravo, en el acceso al interior de la prisión. / Alberto Domínguez (Huelva)

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Llegó a la prisión de Huelva con solo 22 años. La conoce como la palma de su mano, desde los escalafones inferiores, puesto a puesto, barrote a barrote. Este cacereño con mirada de escandinavo ha llegado a lo más alto 13 años después, con solo 35. Una cabeza privilegiada que transmite en cada palabra que el penal de La Ribera ha caído en las mejores manos.

–¿Aspiraba a dirigir este centro?

–Es algo que uno no se plantea. Aspiraba a sentirme profesionalmente realizado y a darlo todo por un servicio público. Esto no se hace por dinero ni por nada, es un puesto de libre designación.

–Conoce el trabajo desde la base.

–Sí. Entré con 20 años y justo desde abajo.

–¿Y qué aprendió?

–A diferencia de otros que entran por arriba, he visto el trato que tiene el interno con el funcionario de vigilancia, que no es el mismo que el que tiene con personal de más rango. Te permite tener una visión más amplia y a la hora de resolver los problemas y afrontar las cosas que se plantean, te permite tener más conocimiento.

–¿En qué se diferencian las prisiones de Valdemoro, Menorca y Huelva?

–Valdemoro sí es un centro tipo, igual de grande que este, Menorca es pequeñito. Lo abrimos cuando fui y solo tenía 100 internos. A favor de Huelva destaco, sin menospreciar a nadie, que la forma de trabajar aquí es excepcional. Tenemos una plantilla joven, con ganas de hacer cosas. Para aplicar programas de tratamiento, lo primero que tenemos que tener es un clima de convivencia ordenado donde, al final, los internos respeten al funcionario pero también se respeten entre ellos.

Raúl Barba, en un momento de la entrevista. Raúl Barba, en un momento de la entrevista.

Raúl Barba, en un momento de la entrevista. / Alberto Domínguez (Huelva)

–¿Cómo lo consiguen?

–Procuramos que haya la menor cantidad de objetos o circunstancias que impidan que esa convivencia sea la adecuada: estupefacientes, tráfico de medicación, pinchos carcelarios, móviles no autorizados… Si una persona entra aquí tres cuatro o cinco años, tenemos que devolverla a la sociedad mejor, no peor de lo que entró. A veces el interno no colabora, que también hay que decirlo. Para lograr eso, lo primero que tenemos que hacer es tener limpio el módulo. En Huelva el personal está muy concienciado y se cachea y se registra muy bien. A nivel de incidentes, comparados con otros centros, aquí hay bastantes menos.

–¿Cuántos internos hay en Huelva a día de hoy?

–Ahora mismo, internos unos 1.100; e internas, 60. Más o menos. Hay un módulo de mujeres. Tenemos 14 módulos residenciales más. Esto es acorde con la media que hay en el resto de España: 93% de hombres y 7% de mujeres. La delincuencia es una cosa de hombres. Que las mujeres vayan copando muchos puestos de responsabilidad va a ser bueno porque, en este sentido, dan ejemplo.

–Ejerció como subdirector de Seguridad. ¿A qué problemas se enfrentó?

–Fue en 2012. Entonces había todavía un problema de masificación, teníamos unos 1.500 internos. Ahora son 350 menos, que dan más margen de actuación. Desde 2012 para acá también hemos perdido personal. Se han convocado plazas y se van a ir reponiendo, pero desde que se convoca oposición hasta que se asignan los centros… Los módulos están preparados, como máximo, para 144 internos. Nada tiene que ver trabajar con 140 a trabajar con 90. La diferencia es tremenda. Pero tengo que decir que cuando hice servicio interior tuvimos el récord de población, con el centro a tope con 1.800 reclusos.

–Madre mía.

–Ahí el clima era complicado. Porque ya casi que hablamos de falta de espacio vital. Por muchos funcionarios que pongas, al final surgen tensiones. El calor enrarece el ambiente. Los módulos están hechos de hormigón y las cubiertas son de metal. La época de verano es la peor a nivel de incidentes. Ahora estamos muy justos de personal pero la población es menor.

–¿Cuántos funcionarios hay?

–Unos 450. La mayor parte en vigilancia. Pero hay que cubrir turnos de 24 horas, mañana, tarde y noche todos los días.

–Cuando llegó a este penal lo dirigía Francisco Sanz.

–Recuerdo un centro bien dirigido, funcionaba bien pese a la masificación. Al final falleció, respeto su presunción de inocencia porque no fue juzgado. Si hizo algo, sería puntual, no creo que fuera nada organizado como se rumoreó. Creo que hizo un trabajo muy bueno aquí, sinceramente.

El director de la prisión, en su despacho. El director de la prisión, en su despacho.

El director de la prisión, en su despacho. / Alberto Domínguez (Huelva)

–Ha formado parte del equipo directivo de Alejandro Zulueta. ¿Cómo ha sido trabajar con él?

–He tenido la mejor de las relaciones. Todo lo que tengo hacia él es agradecimiento. En los siete años que ha estado ha hecho un trabajo muy cercano a los funcionarios, las relaciones con otras instancias las ha cuidado muchísimo. Este tipo de puestos son muy exigentes, dan mucho desgaste, y ha sido una cosa de relevo natural, no ha sido por mala gestión.

–Pero lo han destituido.

–Sí, pero esto es un puesto de libre designación y un cese se puede producir porque la propia persona lo solicite o porque el superior jerárquico determine un cambio.

–¿Cree que le ha pasado factura la presunta agresión a un funcionario a las puertas del centro durante una protesta?

–Ese es un incidente que pasa factura, pero como otros tantos. Este es un medio hostil y las gestiones tratas de hacerlas lo mejor posible. Él lo que pretendió fue salir a informar a los familiares de que no iba a haber comunicaciones por la huelga y al final acabó así. Pero mala intención no la hubo. Si eso pasa factura no sería justo.

–¿Y el envenenamiento de los sanitarios con metadona?

–Esa circunstancia es totalmente puntual y extraordinaria. Tengo que respetar el proceso judicial abierto. No le voy a restar gravedad a los hechos, pero por suerte están todos sanos y se han reincorporado al servicio. Hay que respetar la presunción de inocencia de quien está siendo investigado y ya las autoridades judiciales nos dirán qué es lo que ha pasado. Sí se ha conseguido es que el servicio sanitario vuelva a la normalidad.

–¿La investigada era responsable del laboratorio?

–No, tiene un puesto de enfermera. Hay una investigación abierta. Ahora mismo está ausente por enfermedad. Y, si se reincorporara, se harían las actuaciones que se tuvieran que hacer.

–El personal sanitario es escaso.

–Sí, la población es la que es. Puedes decir que hay siete médicos para 1.100 personas y parecerte mucho, pero es que esas 1.100 personas no son equivalentes a las de fuera. Hablamos de una alta prevalencia de drogadicción, enfermedades contagiosas, etcétera.

Raúl Barba, en un instante de la entrevista concedida a este periódico. Raúl Barba, en un instante de la entrevista concedida a este periódico.

Raúl Barba, en un instante de la entrevista concedida a este periódico. / Alberto Domínguez (Huelva)

–¿Cuántos médicos, enfermeros y auxiliares harían falta para que el servicio fuera bueno?

–Creo que los que están en la RPT podrían ser suficientes. Pero hay otros centros equivalentes que tienen más. A lo mejor con once o doce se estaría mucho mejor. Del personal orientado a la reinserción (médicos, psicólogos…), cuanto más tienes, más programas individuales puedes realizar.

–Esta escasez de sanitarios ha influido, por ejemplo, en el reparto de la medicación.

–La metadona la reparten los enfermeros y la medicación, auxiliares de enfermería. Con respecto a estos últimos, estamos también con medios bastante bajos. Hemos tenido alguna baja y eso se nota. Ojalá pudiera repartirse la medicación a diario y directamente observada. Pero hacerlo con todos los internos es, literalmente, imposible. Sobre todo el fin de semana, que no hay auxiliar de enfermería prestando servicio, solo están de guardia. Partimos de una situación ideal, pero también hay que preguntarse cuántos recursos harían falta para tenerla. Para el contribuyente supondría un gasto horroroso. Hay que intentar lograr un equilibrio.

–¿Cuál es el criterio para la distribución de fármacos?

–El personal hace el reparto a los que se la tienen que tomar de forma directamente observada y al resto se le da para que se la tome responsablemente. Luego, desde el área de vigilancia, hacemos controles. Por ejemplo, si se reparte para el fin de semana, pues se hacen controles aleatorios y se mira que el interno esté siguiendo las pautas vigilando las pastillas que le quedan. Si no las sigue, se hace un informe y se actúa. Un reparto diario de la medicación es una utopía equivalente a eliminar fuera las listas de espera. Creo que no viviremos ni una cosa ni la otra, por desgracia.

–¿Qué es lo que más le satisface de su trabajo?

–Lo que más me gusta es cuando cogemos a internos jóvenes y que tienen opciones de rehacer la vida, que entran en circunstancias penosas, dando positivo a todas las drogas, con aspecto demacrado, con semianorexia… y conseguimos recuperarlos. Cogemos a personas que no han ido a la escuela, no han trabajado en su vida, que a lo único que se han dedicado ha sido a trabajos ilícitos, consumen gran cantidad de sustancias por regla general, y aquí van a aprender a leer y escribir, hábitos laborales, o no consumen o van a consumir en cantidades mucho más bajas. Pretendemos que esas personas mejoren y no se nos conviertan, en palabras claras, en un Bernardo Montoya.

–El investigado por el asesinato de Laura Luelmo estaba muy integrado en este centro.

–No lo recuerdo, es complicado conocer a más de mil personas desde un puesto directivo. Pero precisamente estos casos son tan sonados porque son residuales. Quizá en otros países no sean noticia. Es decir, que si sale uno de prisión a los 20 años y mata, es normal. Aquí, por suerte, es la excepción. Ojalá casos como este no vuelvan a repetirse. Tristemente ha pasado, sí, pero nosotros estamos trabajando día a día para que no pase. La conducta del ser humano, al final, es impredecible.

El director del penal de La Ribera posa en los pasillos de los despachos. El director del penal de La Ribera posa en los pasillos de los despachos.

El director del penal de La Ribera posa en los pasillos de los despachos. / Alberto Domínguez (Huelva)

–La cárcel no es un mero lugar de internamiento.

–Por supuesto que no. No me gusta la expresión "que se pudra en la cárcel", porque en la cárcel puede entrar cualquiera. Aquí los delitos más macabros son una minoría. Tráfico de drogas y robos se llevan dos de cada tres de los que tenemos. Lo que intentamos es que esas personas vuelvan a la sociedad en las mejores condiciones. Si cojo a una persona con 25 años y tiene 10 años de condena, como mucho a los 35 está fuera. ¿Qué preferimos? ¿No hacer nada? ¿Qué va a ser de la persona que se encuentre con él? Contribuimos al bienestar y la seguridad.

–¿Qué opina de la prisión permanente revisable?

–Estaba ya aprobada, de facto, para asuntos de terrorismo, con condenas de 40 años. Ahora se puede aplicar al que matare a más de dos personas a la vez o para el que mate a una persona menor de 16 años. No veo que incumpla la legalidad. Está en manos del Tribunal Constitucional, pero entiendo que habiendo posibilidad de reinserción dirá que es legal. Además, los 25 años no significa estar aquí ese tiempo completo. También la persona a los 8 años podría tener permisos de salida, optar a un tercer grado… La permanente revisable puede ser positiva porque, si los profesionales especializados ven que esa persona puede tener un trastorno de personalidad irreversible, a lo mejor a los 25 años no puede salir. Podrían evitarse situaciones. También tenemos la libertad vigilada pospenitenciaria, que establece que si una persona ha cometido delitos tan graves como abusos sexuales a menores, igual sale con una pulsera el día de su libertad. Si Bernardo Montoya hubiera salido con una pulsera, se hubiera cortado y puede que no actuara tan impunemente.

–Se ha puesto fin al experimento llevado a cabo en 2016 en Huelva con electrodos para rebajar la agresividad. ¿Ha dado algún resultado? ¿Por qué se eligió a Huelva?

–Tengo entendido que porque el investigador era de aquí. De lo que se trataba es de ver la reacción del cerebro de esas personas que han cometido delitos violentos. Si ya de ahí pasaron a que con esas descargas iba a mejorar su comportamiento, es otra cosa. La solicitud aprobada era para estudiar la reacción del cerebro, no para, con esas descargas, calmar el comportamiento. Ahí es donde creo que ha habido un poco de polémica. Está en manos del Defensor del Pueblo.

–¿Qué aprendió en la Jefatura de la Oficina de Extranjeros?

–Mucho. Tanto aquí como allí realizamos una labor asistencial: han entrado, no saben qué tienen que hacer, cómo pueden trabajar… he visto una realidad parecida a la que tenemos aquí.

–¿Se le pueden poner puertas al campo con las concertinas o habría que controlar el flujo migratorio de otra manera?

–No podemos negar, de ninguna manera, que en España hace falta mano de obra. La tasa de natalidad es de las más bajas del mundo desarrollado. La inmigración es necesaria sí o sí. Con el 50% de población joven universitaria, ¿quién queda para los trabajos primarios? Vi en Extranjería que desde Trabajo se ofertaron más de 20.000 puestos de trabajo en el campo y la demanda autóctona fue solo de 1.000. O vienen, o la fresa se queda sin recoger. Dentro de que conlleva cierta problemática para una provincia pequeña como esta, al final es una fuente de riqueza, también deja dinero. Es necesaria. Aceptando esa realidad, tenemos que poner el mayor número de medidas para que esa población esté integrada, orientada y tenga posibilidades de vivir en condiciones dignas, que no malvivan en la calle y se vean abocados a robar para poder comer. Ahí sí que hacen falta más recursos, sobre todo de las entidades locales.

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