Crónica Personal

Preocupante fin de curso

Negro porvenir. La clase política no transmite el menor atisbo de confianza con un panorama inquietante por la letal pandemia, que se ceba hoy con los españoles y lo seguirá haciendo

Pedro Sánchez y Felipe VI, en San Millán de la Cogolla. Pedro Sánchez y Felipe VI, en San Millán de la Cogolla.

Pedro Sánchez y Felipe VI, en San Millán de la Cogolla. / Abel Alonso / Efe

NO hay una sola noticia esperanzadora al final de este curso político, ni una. Con el remate final de que el PIB ha descendido en 18,5% en el segundo trimestre, un dato catastrófico que augura males futuros. No es un consuelo que en todos los países de nuestro entorno también haya sido muy malo, pésimo. En la mayoría de ellos cuentan con gobiernos más sólidos y una oposición dispuesta a mojarse para colaborar con el Ejecutivo para sortear las cuestiones de Estado.

Aquí, el PP mantiene una posición inamovible de bloqueo, aunque también es cierto que Sánchez no mueve un dedo para promover el obligado diálogo; el segundo en escaños, Vox, está echado al monte y su anuncio de moción de censura da alas al Gobierno, lo que demuestra que además de la apuesta por el radicalismo trasnochado sus dirigentes no saben nada de estrategia política, y el tercer partido que defiende plenamente la Constitución, Ciudadanos, sigue lamiéndose las heridas de no haber impedido la coalición de Sánchez con Podemos. Ahora, después de perder a su líder y principal responsable del fiasco, Albert Rivera, hace lo que puede para enderezar su situación con Inés Arrimadas al frente, pero sólo 10 diputados no le dan para mucho más de lo que hace para defender la centralidad y apoyar a Sánchez en cuestiones que no se pueden dejar en manos del populismo y de los independentistas.

En este final de curso, tres asuntos son de gravedad extrema, y el problema es que la España actual no cuenta con políticos de talla ni en el Gobierno ni en la oposición. Por eso es tan preocupante. Las consecuencias sanitarias y económicas del coronavirus son demoledoras y no existe confianza en las medidas que se toman para tratar de paliarlas. Segundo, la supervivencia de la Monarquía está en cuestión no porque el Rey Juan Carlos haya mantenido una conducta “poco ejemplar” –por utilizar la terminología de la Casa Real ante el caso Urdangarín– que impide que hoy se ponga en valor su importantísimo trabajo por la democracia española, que es lo que recordarán los historiadores en lugar de recoger sus errores sentimentales y dinerarios. La Corona está en cuestión porque desde el propio Ejecutivo se promueve su desaparición. Y tercero, no ha retrocedido un milímetro el problema del independentismo catalán, a pesar de que Sánchez presumió de que él avanzaría en ese terreno gracias a su talante negociador y dialogante, el que no habían tenido sus antecesores.

Las consecuencias de la pandemia se están viendo, y las torpezas del Gobierno en el campo sanitario, con los casi 45.000 fallecidos que La Moncloa intenta solapar afirmando que la cifra es menor, son un motivo especial de preocupación. Se esperaban rebrotes en otoño y han surgido a principios de julio, y aunque están directamente relacionados con la irresponsabilidad de infinidad de ciudadanos que no siguen las obligadas medidas de protección, la falta de control en los aeropuertos y el anuncio de que el Gobierno aún no ha convocado la compra de material en el mercado internacional provocan una inquietud infinita.

Ha fallado estrepitosamente la acción diplomática, de manera que el turismo internacional se ha venido abajo con las medidas decretadas por varios países aconsejando no viajar a España o imponiendo medidas que obstaculizaban el turismo, como por ejemplo imponer cuarentenas a los que regresaban de vacaciones españolas.

ERTE, gran decepción

Todo ello ha provocado cierre masivo de hoteles, restaurantes y lugares de ocio, lo que ha llevado directamente al paro a sus trabajadores. Varios ERTE se han convertido en ERE, y aunque ha trascendido que el Ejecutivo se plantea la posibilidad de ampliar los ERTE a finales de año, no es mucho consuelo: el SEPE, que depende del Gobierno y al que correspondía pagar a los afectados por los expedientes de regulación temporal de empleo, lo ha hecho tarde y mal; miles han estado meses sin cobrar nada y ahora se calcula que unos 150.000 siguen sin recibir un solo euro desde que se inició la pandemia en marzo. Y eso, hay que insistir, que el SEPE es un organismo oficial y, por tanto, más que cualquier empresa privada, está obligado a cumplir con su función.

Si a esa situación se suma que nos quedamos sin turismo internacional, o casi, es evidente que la crisis que se avecina va a ser muy superior a la de 2008, con unas repercusiones dramáticas en el empleo. Llegarán los fondos europeos, hoy nuestra única tabla de salvación, pero con pliegos de condiciones muy duras. Y todo ello sin políticos que inspiren confianza en su capacidad de gestión y de moverse en el escenario internacional, asuntos clave para salvar crisis como la actual.

El independentismo catalán se mantiene con fuerza, con dirigentes que no se apean de sus objetivos y que a pesar de estar profundamente divididos defienden con uñas y dientes, desde las diferentes siglas, la celebración de un referéndum que pretenden que sea legal y vinculante. Hasta ahora Sánchez pone pie en pared a esa consulta, pero su socio la defiende aunque no es independentista. La Constitución la impide, pero Podemos también tiene entre ceja y ceja la reforma de la Constitución, para promover así una república plurinacional, como dijo Pablo Iglesias, en la que estaría por tanto la abolición de la Monarquía y abordar cuestiones como las que plantean los independentistas. Se rompería así el modelo de la España actual no sólo en lo relacionado con el grado de autonomía y autogobierno de sus comunidades, sino que abriría la puerta a la ruptura de la actual unidad territorial.

El Rey, en el punto de mira de Iglesias

Ese objetivo de Iglesias significa que Podemos no se conformará con alcanzar lo que hoy exige: el destierro del Rey emérito. No se va a producir entre otras razones porque don Juan Carlos no se exiliará voluntariamente. Eso no significa que no pueda ausentarse un tiempo fuera de España para evitar problemas a su hijo hasta que se aclare su situación, en la que se han dado por buenas muchas falsedades. Pero que no se engañe nadie: Iglesias no persigue la desaparición de don Juan Carlos, sino la abolición de la Monarquía, y en cuanto viera debilitado al Rey emérito iniciaría la pelea para desplazar a Felipe VI. Sánchez lo sabe, y es incomprensible que las pocas veces que ha defendido la Corona lo haya hecho con la boca pequeña.

No hay septiembre en el que no se haya utilizado el término “otoño caliente” para alertar sobre las adversidades que aparecen sistemáticamente tras las semanas de vacaciones políticas. En esta ocasión lo que ha llegado caliente, muy caliente, es el verano. Por la temperatura y porque en la política las tensiones son máximas y las cuestiones por abordar, y sobre todo por resolver, afectan directamente a los aspectos más sustanciales de la vida de los españoles.

En ocasiones anteriores, con retos importantes que solucionar, había gobiernos sólidos, solventes, más allá de su ideología, y partidos en la oposición capaces de hacer crítica al Ejecutivo, como era su deber, pero sin perder la perspectiva de que por encima de su tarea opositora había cuestiones intocables en las que era necesario el apoyo al Gobierno. Hoy eso no existe. En La Moncloa hay una coalición con un partido populista y radical con nulo sentido de Estado y enorme capacidad de demagogia y de oportunismo, y un PSOE que no tiene nada que ver con el que hizo historia.

Se comprende, por tanto, la preocupación, por no decir angustia, que invade a un alto porcentaje de españoles. Llega el verano –que no las vacaciones, pocos pueden disfrutarlas– con un panorama inquietante porque la pandemia está resultando letal pero la clase política no transmite la menor confianza.

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