Bohemian Rhapsody | Crítica Mercurio 'chanante'

Reza en la abundante mitología queeniana que los 20 minutos del concierto de la banda en el Live Aid del 13 de julio de 1985, ante un estadio de Wembley abarrotado y enfervorecido, fueron no sólo la cumbre épica de su carrera, sino también el mejor directo de toda la historia del rock. Casi nada.

Hacia ese preciso momento y esos veinte minutos (recreados casi en su totalidad) se dirige implacablemente este mecánico biopic de Queen y, muy especialmente, de su carismático y malogrado líder, un Freddie Mercury (1946-1991) imitado hasta el más mínimo y ridículo detalle por un Rami Malek al que podemos imaginar horas y horas ante el espejo con su prótesis dental y su bigote postizo en un vano intento de transformarse literalmente en el mismísimo cantante.

La cinta de Bryan Singer se pliega irremediablemente al trazado de parecidos razonables y narrativa wikipédica de ascenso desde el barrio, éxito fulgurante, perfil psicológico atormentado, autodestrucción, caída  y redención final, ahorrándonos los penosos (el sida, ya saben) últimos 6 años de la vida de un joven de origen parsi y vuelo de diva que, a tenor de la materia melodramática del filme, luchó y sufrió lo suyo por la aceptación de sus padres y, sobre todo, por la suya propia como homosexual, inadaptado y aficionado a las malas compañías.

Entre medias, no faltan, siempre en clave algo cómica, el clásico duelo artista-discográfica, las pequeñas batallas de ego dentro de la banda, los amores confusos de Mercury y, sobre todo, las giras, los ensayos, los himnos y los momentos musicales para aumentar y masajear el mito, auténtico propósito de un producto hecho desde el fandom, para los fans y, muy posiblemente, para que Malek se gane unos cuantos premios de interpretación de la temporada.