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Psicología y salud: La culpa, esa emoción destructiva

Psicología y salud: La culpa, esa emoción destructiva

Psicología y salud: La culpa, esa emoción destructiva

La culpa es una emoción que surge cuando hacemos una evaluación negativa de nosotros mismos pero de forma concreta, por una acción.

Nos sentimos culpables por algo que hemos sentido, hecho, pensado o dicho. Normalmente esa culpa nos invita a poner remedio, a reparar lo que sentimos que hemos hecho mal, y a hacer un posible ejercicio de reflexión para mejorar en un futuro. Pero la mayoría de las veces, la culpa se convierte en patológica.

Hay personas que llevan años y años culpándose por algo que hicieron o no hicieron. Y yo les pregunto: ¿Hasta cuándo esa penitencia? ¿Qué necesitas hacer para perdonarte?

Si esa culpa se va enquistado en el tiempo, muchas veces se termina proyectando en los demás. Esta carga, esta cruz, nos quita nuestra paz mental, además de generarnos mucha ansiedad.

Hay una serie de síntomas para detectarla. Podríamos concretarlos en tres: la falta de compasión hacia uno mismo a la hora de equivocarnos, el malestar y la vergüenza.

Con la falta de compasión hacia nosotros mismos aparece ese juicio degollador de lo mal que lo hemos hecho, lo mal que hemos hablado, pensado o sentido. Yo le llamo escrúpulos de conciencia. Una moral muy rígida que nos hace castigarnos enormemente. El malestar, esa ansiedad, hace que estemos todo el día rumiando, machacándonos por cómo tendríamos que haber hecho, dicho o pensado lo que fuera.

Es como beberte un vasito de cianuro. Si se alarga mucho en el tiempo hará que nos produzca una depresión, ya que la culpa genera mucha tristeza, angustia y sufrimiento.

Respecto a la vergüenza, sentirla nos lleva a la desaprobación y el reproche a nosotros mismos. Lo curioso de la culpa es que hay personas que se sienten culpables por hechos que realmente no tienen esa importancia. Pero basta con que esa persona vea el hecho reprobable.

Por ejemplo, una persona que tiene pensamientos de rabia y odio hacia alguien que quiere, pero han tenido una discusión y ha deseado no volver a verla. Cuando pasa el enfado y se calma se da cuenta de lo que ha pensado y empieza el machaque y la culpa. Aquí hay que dejarle muy claro a la persona que uno puede tener el pensamiento que sea y después darse cuenta que no es un pensamiento bonito o agradable. ¡Pero ya está! Se queda en eso, en un pensamiento.

No ya por tener un pensamiento, un deseo que supuestamente no es moral, vamos a estar días y días castigándonos mentalmente.

¿Cómo podemos gestionar esa culpa patológica? Ya que muchas veces es inconsciente, hay que aprender a identificar qué motivo nos está generando esa culpa. Darle una visión más sana y sensata del suceso en sí. Ver el grado de gravedad. Puede ser que nuestra rigidez moral nos lleve a estar siempre en culpa ante cualquier situación que no tiene ninguna importancia.

Debemos saber perdonarnos a nosotros y a otros. Porque muchas veces el hecho de no aceptar nuestra responsabilidad nos hace proyectar la culpa en otros. Con el perdón podemos reparar el daño si realmente existe y así liberarnos para conseguir nuestra paz interior.

Con esa reparación llega también el aprendizaje del error. La culpa es un mensajero que nos lleva a escucharlo, abrirle las puertas y dejarle que nos diga qué tenemos que aprender, qué lección nos trae dicha experiencia. De esta manera somos más compasivos con nosotros.

Pero hay otra cara de la moneda de la culpa: los "beneficios secundarios". La culpa nos hace vivir en la víctima y así no nos hacemos responsables de nuestros actos y de nuestra vida.

Cuando en consulta me dice un paciente que es culpable de algo, le aclaro que no es culpa, es responsabilidad. Si no, la persona se victimiza y no actúa, creyendo que no puede hacer nada. Esta culpa le lleva al rencor y el resentimiento. Sobre todo cuando no trabajamos nuestro sentimiento de culpa, lo terminamos proyectando fuera: "No puedo hacer esto por culpa de....".

La culpa quiere castigo. Detrás de un culposo siempre hay un castigador. Pero todo esto es una oportunidad para quererse, hacernos responsables de nuestros actos, pensamientos y sentimientos desde una visión madura y amorosa hacia nosotros mismos.

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