Semana Santa

En su memoria y a las puertas del cielo

Todo el mundo en Huelva sabe que hoy, Miércoles Santo, nos encontramos inmersos ya en el ecuador mismo de la Semana Santa. Y que en este día invade sus calles la más ferviente devoción mariana que se pone de manifiesto ante las imágenes de Esperanza y Victoria. Y que dos cofradías jóvenes (Prendimiento, ya menos, y la Santa Cruz) lo son con sello claro y perfectamente ubicadas en la jornada que es singularmente disuasoria para los sentidos.

Así pues, en este día siempre especial, permítanme que no me detenga ni un renglón más en hacer latente todo esto y, sí por el contrario, hacerles partícipes a todos del recuerdo que hoy tengo presente: el de una persona que contribuyó ciertamente a que este día y hasta toda nuestra Semana Santa fuera como hoy es y que falta por primera vez a esta cita cofrade y mariana, porque Ella decidió que éste sería un buen año para que estuviera acompañándola vestido con su hábito nazareno, asomado a las mismas puertas del Cielo.

Juan Manuel Gil García fue un cofrade, cofrade. Ni él mismo se entendía de otro modo. Aún me cuesta pensar que se haya ido; es más, a veces tengo la sensación de que me voy a volver a tropezar con él al doblar una esquina de nuestro barrio. Caminaba con paso lento y firme, rostro serio, mirada baja. Hablaba despacio y siempre o casi siempre lo hacía con solvencia. Quiso a su Hermandad de San Francisco hasta el extremo, a su Semana Santa hasta ser doctrinal su inquietud por el hacer bien las cosas. Nos enseñó a todos y mucho. Su carisma era incuestionable, ganado a pulso y labrado a golpe de años de esfuerzo y dedicación que sería imposible la pretensión de homenajear desde aquí.

Su presencia y su contribución eran casi imprescindibles cuando un acontecimiento eclesiástico, no ya solo en nuestras hermandades, sino en toda la diócesis tenía lugar, y él incapaz de negarse a ello. De trascendencia su aportación a la maravillosa organización de la visita de su Santidad Juan Pablo II, y su directa participación en las dos primeras Coronaciones Marianas que Huelva conoció, con la Virgen de la Cinta y de la Esperanza, solo por nombrar algunas de importancia.

Y siento el deseo, o más bien la necesidad, de hacer hoy honor de que fui amigo suyo, y él amigo mío. Y de que fuimos hermanos en pos de una ilusión común y gozosa, y que confiamos mutuamente y me quiso con él en la junta de gobierno de la Cinta y en la de Nuestra Esperanza y que me quiso su teniente hermano mayor, y que lo fui, y que me siente dichoso por ello.

Y que me acuerdo hoy de momentos inolvidables vividos juntos; de aquella comida en Mazagón en un día cualquiera que nadie debía conocer preparando, planificando; del abrazo que nos dimos los dos en la antigua secretaría de nuestra hermandad al concluir el borrador de los actos preparatorios de la Coronación Canónica, de su apenas verosímil sonrisa con lo del tisú o terciopelo del manto de nuestra Madre, en definitiva de momentos que jamás olvidaré.

Es cierto que también hubo un momento en el que supongo que los dos nos defraudamos el uno al otro y que en el colmo de la torpeza a mi particularmente me costó siete años sin gozar de su amistad. Felizmente la Virgen tuvo a su consideración el que un Domingo, al salir de misa en San Francisco y ya sabedor de que se encontraba enfermo, aunque no conocía de tal gravedad, él estuviera enfrente y, mi esposa y yo, apenas sin decirnos nada nos fuimos a él, a saludarle no importaba de que manera. Testigos, sus amigos Diego Morón, Nacho García, Juan Torres… A mi mujer la llamó por su nombre y la besó como si la hubiera visto el día anterior. A mí, le costó un poco más, pero lo hizo también y creo que los dos lloramos como si hubiéramos dejado mucho por detrás.

Querido amigo; hoy es Miércoles Santo, nuestro Miércoles Santo. Tú lo disfrutarás mejor que yo porque estarás con Ella asomado con vuestra media sonrisa a las mismas puertas del cielo, sí, Nuestra Esperanza y a las mismas puertas del cielo, ¿Te acuerdas? Estaré mirando la llama de mi cirio y dándole gracias a Ella porque te conocí y cada gota de cera que hoy queme mis manos será un recuerdo emocionado y lleno de gratitud a quien tanto me enseño y con el que tanto disfrute. Cada silencio, cada golpe de viento que mueva mi capa un homenaje a un gran cofrade. Juan Manuel Gil García, un beso para los dos, hasta que Ella quiera, Hoy por siempre, mi recuerdo y gracias.

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