Sucesos Un fuego calcina varios coches en mitad de un camino en Lepe

Alfonso Fernández Mañueco ha declarado que asume el acuerdo de coalición con Vox "sin complejos". El PSOE se frota las manos, cree que ya tiene hecha la oposición a Feijóo, adversario bastante más peligroso que Casado. Pero los hechos son tozudos: quien ha formado un gobierno de coalición con la extrema izquierda populista, y elegido como socios a independentistas y a un partido filoterrorista, no está legitimado para acusar a nadie de irresponsabilidad política. Pone de ejemplo el PSOE a lo que estamos viendo en Francia: todos unidos para impedir que en la segunda vuelta de las elecciones Marine Le Pen se convierta en presidente de la república. Bien. El PSOE castellano y leonés tuvo en su mano que Mañueco pudiera gobernar sin Vox, y no lo hizo. Por no mencionar que Feijóo ha ofrecido apoyo a Sánchez para cuestiones de Estado y el presidente ni lo ha escuchado.

En España será imposible ver de nuevo mayorías absolutas. Lo comprendió la misma noche electoral aquel que dijo que jamás pactaría con Podemos. Llamó a Iglesias inmediatamente. Mañueco, y otros presidentes regionales, se verán obligados a actuar en el futuro de igual manera, y lo incomprensible es que se acepten pactos con partidos para algunos indeseables, en función de la conveniencia de quien pacte.

Los votantes de Castilla y León votaron mayoritariamente por PP y Vox. Es muy probable que no se hayan inclinado por la izquierda porque conocen muy bien las consecuencias del Gobierno de coalición en España. Si Sánchez fuera un buen presidente, su partido no habría tenido mal resultado en Castilla y León. Mañueco ha negado algunas de las exigencias de Vox, y ha aceptado las que le parecían más asumibles. Con el transcurso del tiempo se verá cómo se bandea con ese gobierno en el que su coaligado no tiene ninguna experiencia de gestión ni tampoco ha demostrado contar con un proyecto político centrado. Centrado en la asunción de cambios sociales que ya no tienen vuelta atrás. Para Mañueco es un reto, un riesgo, pero lo es también para Vox. Un banco de pruebas para el futuro, lo sabe Abascal y lo sabe el vicepresidente Gallardo. De ellos depende que Vox pueda ser un partido que represente una derecha moderna o eso que le molesta tanto, una ultraderecha cavernícola.

Lo que está claro es que el PP no puede quedarse cruzado de brazos ante un PSOE que mantiene una actitud amoral cuando gobierna con partidos que no respetan la Constitución, y pone el grito en el cielo cuando otros gobiernan con un partido, Vox, con déficit de respeto a las libertades pero que al menos acepta las líneas maestras del texto constitucional.

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