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Apenas hace un par de semanas un sujeto delirante y criminal asesinó a varias decenas de indefensos ciudadanos musulmanes en Nueva Zelanda. No hace falta insistir en una historia de todos conocida. Ahora, con la perspectiva que dan los días, se pueden analizar las consecuencias de este suceso. A mí me han llamado mucho la atención las reacciones. Todo bien nacido debe condenar cualquier acto contra la vida de cualquier persona indefensa, pero me ha extrañado la enorme repercusión de este concreto. La ONU, en un acto de cinismo calculado, se personó en la primera línea de reacciones. No recuerdo haber leído la reacción de este podrido e inútil organismo cuando en España murieron casi doscientas personas en un atentado terrorista que según la versión oficial fue de origen yihadista, o sea islamista. Fue el 11 de marzo de 2004. Los presidentes de Gobierno de la mayoría de los países occidentales se han dado codazos para ser el primero en emitir un comunicado de condena de la matanza de Nueva Zelanda. El presidente español también ha vertido las correspondientes lágrimas de cocodrilo. Tampoco recuerdo ningún comunicado de condena suyo por los miles de cristianos asesinados como moscas en Siria e Irak por organizaciones islamistas. Mujeres neozelandesas se han colocado un velo en sus cabezas para manifestar su empatía y solidaridad con las víctimas. Tampoco recuerdo una sola manifestación en todo Occidente en la que hayan salido mujeres a la calle con una cruz colgada en el pecho como muestra de sentimiento y dolor por los miles de cristianos triturados por milicias yihadistas en Oriente Medio. La BBC, madre amantísima de todo lo imbécilmente correcto, lanzó grititos de aspavientos por la facilidad con la que corren los mensajes de extrema derecha en las redes sociales. Ni una palabra nunca jamás sobre igual trato a los de extrema izquierda. Hitler no, Stalin sí. Si sigo analizando reacciones del Occidente moribundo y terminal no acabo este artículo en dos días.

Europa hoy encabeza las divisiones y batallones que tratan de derribar y enterrar el Cristianismo. La cristianofobia de Occidente es hoy algo más, mucho más, que aquella figuración que el padre Freud denominó "matar al padre".

Ya saben, aquello de ajustar cuentas con lo que tu padre creía o representaba. Occidente cuando desprecia al Cristianismo no está matando a su padre, está sencillamente suicidándose. Secar las raíces del árbol lleva a la muerte del árbol. Occidente quiere morir y morirá, por su cristianofobia y porque sencillamente quiere morir, así sin más. Y como médico sé que cuando un enfermo se quiere morir, se muere.

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