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Shakira y los misterios de Huelva

Casi puedo imaginar sus caritas cuando pregunten dónde demonios está lo de Tartessos y alguien les saque los 'QR'

Opinar sobre la vida de los demás es deporte nacional, aunque últimamente le anda soplando a la nuca otra afición muy nuestra: la de hacer política con cualquier chorrada. La venganza musical de Shakira, que ya en su día perpetró con mucha más mala leche Paquitala del Barrio, ha dado pie a todo tipo de debates. Que si el empoderamiento femenino, que si el cuidado de los hijos, que si Hacienda y los impuestos… Hasta los ofendiditos de turno (aunque esos salen siempre) han querido dar su opinión al respecto. Los propietarios de twingos y casios, por ejemplo, andan indignadísimos por la clasista e insultante discriminación socio-racial que se percibe en la letra, y también hay feministas de pro haciendo ascos a la cantante por haber incluido a La Otra (que solo es una víctima, igual que ella pero con menos pasta, del machismo y el patriarcado) en su vendetta viral. Ya puestos, a la fiesta se han apuntado psicólogos, pedagogos, coachers, influencers y demás especie y han tratado de averiguar el origen de tan sonado trompazo al futbolista. Para hacerlo, claro, han analizado los gestos, los ojos, la ropa, las palabras y la vida entera de la cantante desde que jugaba con el PT-1 (de Casio) en su casa de Barranquilla, y han sacado sus conclusiones: lo ha hecho por venganza, dicen unos, por despecho, otros, por rabia o por amor. Yo supongo que la cancioncita (que encima no tiene título) viene en realidad de la decepción, y por eso estoy aquí, ahora que caigo, hablando de Shakira. Estos días han ido apareciendo en redes sociales imágenes de una campaña promocional que Huelva está lanzando en Madrid. Nuestra Semana Santa apareciéndosele a los madrileños a través de grandes pantallas leds en la mismísima Gran Vía y un eslogan de lo más ingenioso: Huelva es misterio. Desde que lo vi no he dejado de preguntarme si la frase es simplemente lo que parece, un juego de palabras, o si, por el contrario, esconde en realidad una advertencia, un aviso oculto, porque no me dirán que no tiene su punto misterioso venir a Huelva. En avión está claro que no se puede, y venir en coche tiene el aliciente de que puede tocarte o no el monocarril de la A-49. Sin embargo, lo verdaderamente inquietante, el auténtico enigma, es lo que puede pasarte si vienes en tren. Pero eso no es todo. Una vez aquí (si es que consigue llegar), el turista de turno se topará con un asunto aún más intrigante: la búsqueda de los restos de la civilización más antigua de occidente, el origen y demás parafernalia con la que estamos vendiendo ahora la marca Huelva. Casi puedo imaginar sus caritas cuando pregunten dónde demonios está lo de Tartessos y alguien les saque los QR y les suelte que está ahí mismo, pero que no lo pueden ver porque lo tenemos enterrado bajo el cemento. Se irán, decepcionados y enfadados -como Shakira- y terminarán hablando muy mal de nosotros. Así, poco a poco, boca a boca, nos daremos cuenta de que destruimos, a sabiendas, lo mejor que teníamos. Cuando eso ocurra, por favor acuérdense de quiénes lo hicieron, que luego, por quitarse el muerto, son capaces de decir... yo qué sé... que fue culpa de la monotonía.

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