Ansia viva

Óscar Lezameta

olezameta@huelvainformacion.es

¿Recuerdan cuándo no sabíamos nada de medicina?

Han bastado ocho meses desde aquellos días dramáticos de marzo, cuando los muertos se asemejaban a un parte de guerra, con el desgrane de víctimas en aumento y sin un final previsible, para que todos nos hayamos convertido en catedráticos en Medicina con especialidad en Epidemiología. A algunos, incluso les ha dado tiempo a sacar parte del MIR y están a la espera de que le asignen la plaza. En ese tiempo hemos conocido a la perfección lo que son los asintomáticos, la inmunidad de rebaño, el aplanamiento de la curva, los distintos tipos de mascarillas y sus respectivas homologaciones, el grado de ocupación de las Unidades de Cuidados Intensivos y los más aventajados manejan con soltura el concepto del índice R del que se dicen convincentemente preocupados.

Ahora, hay una nueva especie de recién especializados en pandemias, que conocen a la perfección la diferencia que existe entre los laboratorios Pfizer, Moderna y Johnson and Jonhson y encaran la más mínima oportunidad de discutir sobre las bondades de una vacuna de las que saben perfectamente su operatividad y las condiciones de su almacenamiento y distribución. Estos especímenes han popularizado la expresión, "yo me pondré la vacuna, pero no la primera" en muchos casos incluso después de ponerse la de la gripe de la que, suponemos, son perfectamente conocedores del laboratorio que la ha producido, el país donde lo ha hecho e incluso del escrupuloso respeto a la cadena de distribución hasta llegar a su brazo izquierdo.

Es admirable el conocimiento que se adquiere a base de escuchar a algunos médicos en programas que saltan a las redes sociales de la mano de titulares como "Ramoncín se adhiere a la petición de los médicos por la dimisión de Fernando Simón", "el torero (póngase el nombre que se quiera) en contra de las medidas de confinamiento adoptadas por el Gobierno" o "el actor (ídem) rechaza las restricciones impuestas por la comunidad". Por supuesto que todos tienen el derecho a expresar sus opiniones, faltaría más. Lo grave es que alguien las de pábulo.

Pocas horas después de un accidente de un tren, surgen expertos en sistemas de seguridad ferroviaria y en topografía férrea. Estas últimas semanas algunos parece que veranean en el condado de Maricopa por su amplio conocimiento del voto rural en Estados Unidos; las leyes de la Unión Europea se discuten como si uno fuera europarlamentario, las broncas del Congreso como si estuvieran suscritos a la edición del Diario de Sesiones y las leyes educativas como si les fuera la vida en ello. El sosiego en la clase política, el análisis tranquilo, el interés común se ha cambiado por la trifulca de trazo grosero y la bronca más bajuna. Lo peor del caso es que, como el virus que nos trae de cabeza desde aquel lejano mes de marzo, es terriblemente contagioso.

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