Que vivimos un tiempo de extremas dificultades es más que evidente. Las cifras, por diversos conceptos, nos abruman, nos agobian, nos amenazan. Que hay un gran número de ciudadanos que viven en la indiferencia y la monotonía de su propia desidia, desahogo e irresponsabilidad, una especie de inercia compulsiva, un adocenamiento inducido o sobrevenido de una banalidad suicida, en lo que podemos incluir a muchos políticos, es también una realidad palpable y peligrosamente suicida. Y a todo esto hemos de añadir un auténtico pandemónium, en el que nos sume por un lado implacable, preocupante y desoladora la pandemia que no se nos puede ir de las manos como estuvo a punto de ocurrir, por una mala gestión inicial, por una imprevisión negligente y una falta escandalosa de medios para combatir tan exterminadora calamidad y por otro una situación económica realmente desoladora de consecuencias imprevisibles.

En este punto de inquietantes perspectivas este gobierno de coalición, que, presuntamente, dirige el país soportar una presión interna que trata de soslayar con supuestos problemas disuasorios que por parte del ala más radical del ejecutivo no se les ocurre otra cosa, tal como está el panorama, que poner en cuestión el sistema de Estado, intentar anular la constitución y plantear referéndums sobre la forma de gobierno, echando por tierra la hermosa y ejemplar obra de la Transición, que desprecian con una irritante persistencia. ¡Cuántos políticos de hoy, irreconciliables y rencorosos, están en las antípodas de los que, con más altura de miras y coherencia, forjaron el cambio político de 78! Está claro que la endeblez de sus propias posiciones en el partido por parte de los dirigentes de Podemos, necesitan de cualquier acontecimiento sobrevenido para plantear sus crónicas y trasnochadas reivindicaciones, planear estrategias desestabilizadores y demostrar que los auténticos problemas del país a ellos les resbalan olímpicamente. Entre tanto la mediática crítica política, supuestamente tan exigente y tan severa con el gobierno -se leen calificativos imprevisibles en los últimos tiempos -, añade de inmediato a sus invectivas, andanadas de reproches a la oposición, que, por lo general, es el PP.

Y como de costumbre se benefician de las circunstancias para prodigar esa alevosa mirada hacia atrás con ira, que nos sugiere el título de la obra, "Look back in anger", de John Osborne que llevara al cine Tony Richardson. Aquí siempre mirando atrás, con hosca visión, con odio, rencores incurables, con pérfido revanchismo irredento, no sólo el atrás lejano - la llamada "memoria histórica" a la carta -, sino el pasado más inmediato, feliz y democráticamente conquistado y mantenido en los más prósperos años de nuestra Historia. Un legado incuestionable de toda una generación, que se pretende demoler inexorablemente. Mezquinos intereses, bastardos propósitos, quieren aprovecharse del río revuelto, falseando la evidencia.

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