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Extrañísimas estadísticas

Se puede votar con el corazón a unas siglas asumiendo que no van a cumplir con lo que a uno le gustaría

La política es muy compleja. Las encuestas intentan simplificarla con colorines y tantos por ciento, pero no hay manera. Ahora sabemos que muchos de los votantes del PSOE rechazan cualquier pacto con los nacionalistas y todavía más rechazan ningún indulto para los golpistas, si son condenados.

Si las cosas fuesen más sencillas, les gritaría: "¿Pero no veis que Sánchez se niega a cerrar la puerta a ningún pacto con los independentistas ni a comprometerse a no dar indultos?". Como asumo que las cosas no son simples y, además, tengo la garganta delicada, no grito. Mejor analizar esta divergencia entre lo que votarán unos y lo que harán los votados con lo votado. La distorsión quitará algunos votos al PSOE, lógicamente, pero, si no quita más, es porque el elector tiene razones que la razón no entiende.

Podríamos hablar de una ley de la elasticidad del voto, según la cual se puede votar con el corazón a unas siglas asumiendo que no van a cumplir con lo que a él le gustaría. Las papeletas van a bulto. Ahí entran, por supuesto, fidelidades familiares e inercias ideológicas… y también la capacidad o no de otros partidos de aprovechar esa flexibilidad para cogerles la vez. Ciudadanos está llamado a llamar a esos votantes del PSOE que rechazan los flirteos con los independentistas. Claro que Cs también trae de fábrica sus propios impedimentos y convencerá a unos y no a otros. La abstención, como en las andaluzas, será el valor refugio de los votantes desencantados más fieles a sus siglas.

Con todo, de estas divergencias entre lo opinado y lo votado hay que sacar una conclusión clara y una decisión firme. El voto no es la única instancia política del ciudadano. La democracia pide más, y más cuando, ya antes de las elecciones, los mismos votantes de un partido rechazan lo que ese partido hará con toda seguridad al día siguiente de las elecciones.

Hay que pulsar siempre la opinión pública y afinar con los análisis a pie de calle. La legitimidad original de un político depende de su resultado en las urnas, pero hay una legitimidad de ejercicio que, en su dimensión democrática, se evalúa por el grado de aprobación popular de la gestión de ese político, entre otras cosas. Los medios de comunicación y los creadores (y recogedores) de opinión tenemos que estar muy pendientes de estos matices y divergencias. La democracia exige una atención muy minuciosa de lo que piensa la gente.

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