Análisis

Aurelio de Vega Zamora

Un leonés en La Rábida

Fray Luis Blanco Arias

Un leonés en La Rábida Un leonés en La Rábida

Un leonés en La Rábida

Era paisano y amigo de mi padre, había nacido en Valdelacañada, “que es un pueblín precioso” –decía– metido en la montaña, con apenas doscientos habitantes que trabajaban en la agricultura, el lavadero de carbón y en la central térmica próxima. Pasa cerca el río Oza, que es truchero. Allí mismo les crecen el castaño y el nogal. Un pueblo típico del Bierzo, donde de niño alternó la asistencia a la escuela con el pastoreo, hasta que un fraile de las Dueñas se lo llevó a estudiar…

Hemos pasado con el padre Luis muy buenos ratos en el convento de La Rábida y, aunque no le gustaba hablar de su vida, a golpes de preguntas fue desgranando su trayectoria desde Fuente del Maestre hasta el cenobio rabideño, pasando por Guadalupe, La Laguna y otros. En Loreto cursó años de noviciado y filosofía. Recordaba también los estudios en la Pontificia de Salamanca, lugares y responsabilidades en que le ha tocado servir a su Orden, con verdadera y vocacional entrega.

Con este fraile era muy fácil, fluida, la conversación. Le agradó sobremanera venir a ser prior de La Rábida y contaba –igual que su predecesor P. Ortega– que el monasterio Cuna del Descubrimiento ha conservado providencialmente y como construcciones de su tiempo, la fábrica primera y tradicional de sus edificios, a la vez que las obras posteriores no han alterado su fisonomía general. Los jardines siguen espléndidos…

El padre Blanco Arias fue ordenado sacerdote por el cardenal Tarancón en el Congreso Eucarístico de León (1964) y celebró sus Bodas de Oro sacerdotales (abril de 2014), en el convento donde ha acabado sus días, el de Nuestra Señora de Loreto, en Espartinas. Ese día no cabía nadie más –nos cuentan–, imposible acoger a más gente: familiares, amigos, frailes de todas las provincias franciscanas. Se notaba y él se sentía arropado, acompañado de una multitud de personas que le trataron durante su vida sacerdotal y de modo muy especial en su época al frente de la Comisaría de Tierra Santa.

Estuvo en Cáceres, donde tenía que hacer de todo y le abrumaban “los papeles y los problemas laborales”. Guadalupe tiene una solemne grandiosidad, más visitas, más gente a rezar y estudiar, igual que La Rábida cuentan con valores históricos propios. El Cristo de La Laguna es diferente, un santuario de proyección netamente espiritual, de rezos; es lugar para el culto, peticiones de ayudas y consultas, para la ciudad y la diócesis.

Se recuerda aquí con mucho cariño el paso del padre Blanco Arias por el monasterio de Santa María de la Rábida, de donde salió el año noventa y cinco, tras doce de guardar este cenobio Cuna de América y del que decía: “Es un lugar delicioso, encantador, bonito y, desde el mirador, una síntesis, de paisaje, ciencia, cultura e industria alrededor de la Historia, que es lo que le da grandiosidad a este entorno…”.

Le despedimos con mucho cariño y con pena. Se ha ido a la Casa del Padre, con 82 años de una intensa vida religiosa. Vino al santuario de Loreto hace diez, para tratarse de su enfermedad, a fuerza de diálisis y del cuidado y cariño de sus hermanos franciscanos. Nos cuenta el padre guardián de este convento fray Joaquín Domínguez Serna, que ha terminado su fructífera existencia sereno, tranquilo, sonriente, apagándose poco a poco, afable y entrañable como era.

Dios lo llamó con él el pasado día 27 de junio y su cuerpo reposa desde el día siguiente en el panteón que la orden franciscana tiene en el cementerio San Fernando de Sevilla. Pax Tecum.

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