Cultura

La buena salud

  • La oferta cultural en Huelva goza en estos momentos de buena salud y la exposición de Sorolla así lo demuestra con su anuncio de la primavera del Otoño

Expresaba hasta la extenuación un recordado luchador de Huelva, de esos que jamás se arrugaban, "que aquí hay muy mala mojarra. No creamos, destruimos". Y luego, como es obvio, proseguía su parlamento con una retahíla de "no tenemos esto, nos falta lo otro, todo va para ellos (entiéndase Sevilla y los sevillanos) y nada para nosotros. No hay derecho, tenemos que exigir, actuar". Voz común a tantos, pese a que él consiguió lo que pudo, desierto (casi) para todos.

El victimismo, como argumentaba Eduardo Mendoza días atrás refiriéndose a los catalanes, "no nos hace ningún bien". Que sepa, y pido perdón si es lo contrario, ningún investigador se ha puesto a analizar, si es que existe, el "estigma de la abulia", esa especie de seña de identidad que dicen atenaza al onubense. Si tomáramos un periódico local, desde finales del siglo XIX hasta nuestros días, la enfermedad de la indolencia y la abulia es una constante de reflexión en sus páginas. Aunque no soy de Huelva, la siento como propia, y "un algo" de todo esto tiene que subsistir. No es normal que ahorquemos sin haber aún crecido el árbol y hablado la víctima.

La oferta cultural en Huelva goza en estos momentos de una buena salud. Tras un septiembre asaetado de actividades golosas, y diferentes, gracias al Puerto de las Artes, ahora el otoño se defiende como nunca con un programa Cultural Iberoamericano ciertamente atractivo. Una atracción que debe contentar a todos, a los lectores de, ya que lo hemos citado, Mendoza, Larsson, Coelho, Joyce o Murakami. A todos.

La razón de este artículo. El director de Huelva Información me manda un correo electrónico anunciándome que Joaquín Sorolla expone en Huelva. Qué buena nueva. Otros opinarán lo contrario. Eso es bueno, sin dejar de ser malo si no construyen. Sorolla es, con perdón, el cristianoronaldo de la pintura para el pueblo. Sí, un ídolo, como también lo fueron o son Romero de Torres, Almodóvar o Blasco Ibáñez, por citar tres autores de géneros distintos y… tan cercanos. Y eso no es malo, ni pobre. Es la vida. Y el momento.

Muchos dirán que Sorolla ya ha estado en Huelva, incluso en persona, y para que van a ir a verlo. Y tan reciente la de Sevilla o Madrid. Otros que…, por Dios, ¡Sorolla!, deberían dejarse de chuminadas, de momias, y traerse obras de Matta-Clark, Kiaer, Boltanski, Noland o Pericoeldelospalotes (si fuera kazajo o chino innegable que sonaría mejor, y fotografiaría o instalaría con mayor fuerza). De todo esto habrá, lo aseguro, y la mojarra nativa y la inacción actuarán como de costumbre. Por encima de toda especulación pueblerina y de toda estupidez gran reserva contemplar a Sorolla es apreciar (y juzgar) a uno de los pintores más internacionales y atractivos del siglo XIX y XX e impulsor de un modo de captar la naturaleza que aún perdura en nuestros días.

Es toda una satisfacción ver siempre a Sorolla, como a tantos otros de ayer y de hoy (pero que son para siempre en la historia del arte y en el alma sensible). Un articulista reseñaba este verano que cómo es posible el éxito de público de Stig Larsson, puesto que es un endeble escritor. ¡Viva Larsson! que ha hecho que millones de españoles, tan perezosos a la hora de leer, se peleen con sus cientos de páginas. ¡Viva Sorolla!, que no es sólo un excelente ejecutor de obras y un brillante, aunque excitado, airelibrista, es, así de fácil, un pintor de emociones, un periodista pertinaz y didáctico del retrato, del paisaje y de las costumbres españolas que atrae a miles de espectadores. ¿Qué el gustar está peleado con la calidad? Jamás. Lo malo, y lo triste, es no gustar, el olvido, no llegar a todos. Lo malo es despreciar sin saber la razón (o sabiéndolo, por complejos, como los extremistas o los puristas).

Huelva goza de buena salud cultural. La exposición de Sorolla, de la que escribiremos, anuncia, como Juan Ramón, la primavera del Otoño. Que el verdor continúe y que las flores, que son el público y el agua de las instituciones, no se sequen y dejen el campo frío en el invierno y seco en el verano. Que los estigmas de la indolencia sean historias (mejor, leyendas) que ya pasaron y comencemos a sonreír y a disfrutar. No sé si los brotes verdes de la economía florecen, lo que sí sé es que no debemos dejar pasar este tiempo de buena salud.

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