Opinión

Avíate! en un cruce de caminos

Actuación de Avíate! hace unos meses en Gibraleón. Actuación de Avíate! hace unos meses en Gibraleón.

Actuación de Avíate! hace unos meses en Gibraleón. / Luis Jurado

Ser letrista de canciones condiciona mucho mis emociones ante cualquier concierto al que tenga previsto asistir, si en él se cantarán algunas canciones que he firmado como autor. Porque saborear las sensaciones que afloran al ver cómo reaccionan los asistentes al evento mientras escuchan esas palabras que en principio fueron solamente mías (cuando surgieron con la ayuda inspiradora de las musas, pero luego son compartidas –e incluso interiorizadas para ser asumidas como propias– por una inmensa mayoría) se convierte en una de las experiencias más reconfortantes de mi vida profesional, más allá de los trabajos gráficos o de mis pinturas, porque confluyen en el aire y en un sólo instante demasiadas emociones azarosas, tan bellas y sentidas como incontrolables.

En la introducción al libro Palabra bajo palabra (Editorial Lápices de Luna, Granada, 2016), que recogía 63 letras de canciones escritas a solas o en compañía de otros, y que me publicaron tres años atrás, afirmaba que “cuando empecé a escribir letras de canciones, y comprobé que otros autores ya consagrados publicaban libros con las suyas, llegué al convencimiento de que era un error caer en la tentación de equiparar esas letras con poemas, por mucho que fuera consciente de que ya había por entonces muchas letras sublimes, y muchos más poemas lamentables, editados en forma de libro. Y no es un problema de categorías, de tratar de equiparar una letra de Leonard Cohen o Tom Waits con un poema de Jaime Gil de Biedma o Manuel Vázquez Montalbán, por citar un par de cantautores que me seducen siempre y dos poetas catalanes que escribieron en castellano, que son de mi gusto, y que tuvieron la experiencia de oír sus versos cantados por otros, grabados en disco y difundidos por radio y televisión; algo que, por otra parte, probablemente sea el sueño inconfeso de la inmensa mayoría de los poetas contemporáneos en aras de comprobar que la poesía es un arma cargada de futuro, según dejó escrito Gabriel Celaya”.

Pero por placentero que pueda resultar ver esas letras impresas en forma de libro, más allá de sus límites naturales que es el libreto de cualquier disco, nada hay comparable a la emoción del momento, y es algo que he tenido la suerte de sentir íntimamente a lo largo de las tres últimas décadas en los conciertos de Luz Casal y de Fangoria, porque allá donde vayan siempre interpretan canciones que escribimos juntos y que, con el correr del tiempo y los azares, se han convertido en piezas claves y muy populares de sus repertorios y, a veces, incluso en himnos generacionales.

Por placentero que sea ver esas letras impresas, nada comparable a la emoción del momento

Y algo parecido me ha ocurrido con mis paisanos Avíate!, porque he escrito la inmensa mayoría de las letras de las canciones de su amplio repertorio y justamente ha sido con ellas, más que con otras más difundidas por otros intérpretes, con las que yo me he sentido más identificado, hasta el extremo de confundirlas muchas veces con mi más íntimo palpitar.

Será por eso que el concierto que Avíate! ofrecerá esta tarde en la Plaza de España de Gibraleón me ha sumergido en un mar de emociones imprevistas, ya que será la primera vez que tocarán en aquel lugar en que una madrugada de mediados de los años 80, sentado en uno de sus bancos de hierro con formas modernistas, brotaron de mí aquellos versos –“el casino sólo / el paseo desierto / y amanece lento...”– con que arranca una de sus canciones más queridas por sus paisanos y amigos, (Te he querido) Demasiado tiempo, probablemente porque esos versos están, literalmente, escritos y anclados en Gibraleón.

Y es por eso que cuando esta tarde Juan Luis Oliveros la interprete una vez más, acompañado por las guitarras de Juan Alejandre y Luis Zamora, confío en que pueda cambiar ese primer verso para ajustarlo a la realidad que se encuentren ante ellos cuando suban al escenario instalado en ese cruce de caminos que siempre ha sido nuestra plaza, y al cantarla se tome la licencia de afirmar que el paseo está repleto de fervor panturrano, aunque anochezca lento.

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