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Música Clásica | Perianes, Pons y Ravel Ravel ante el espejo

  • Javier Perianes y Josep Pons ponen una pica en Francia grabando para Harmonia Mundi y con la Orquesta de París un disco dedicado a Maurice Ravel

Javier Perianes y Josep Pons han grabado música de Ravel. Javier Perianes y Josep Pons han grabado música de Ravel.

Javier Perianes y Josep Pons han grabado música de Ravel. / Manu Mitru

Harmonia Mundi es la más importante y reconocida empresa discográfica francesa de música clásica. La Orquesta de París fue creada en 1967 directamente desde el Ministerio de Cultura por André Malraux y de ella han sido responsables maestros como Munch, Karajan, Solti, Barenboim, Bychkov o Daniel Harding, su actual titular desde 2016. Pues en Harmonia Mundi y con la Orquesta de París dos músicos españoles han registrado música de uno de los compositores franceses por excelencia, Maurice Ravel.

En este Juego de espejos el director catalán Josep Pons (Puigreig, Barcelona, 1957) y el pianista andaluz Javier Perianes (Nerva, Huelva, 1978) se plantean dos grandes obras de las que Ravel dejó versiones pianísticas y orquestales, y lo hacen desde las dos perspectivas. Las piezas se colocan en el CD en forma especular con el Concierto en sol como bisagra central en torno a la que gira el programa.

Ravel empezó a escribir sus dos conciertos para piano el mismo año de 1929. Terminó primero (en 1930) el Concierto para la mano izquierda, que estaba destinado a Paul Wittgenstein, hermano del famoso filósofo y reconocido pianista que perdió el brazo derecho en la Primera Guerra Mundial, pese a lo cual siguió su actividad concertística encargando obras a distinguidos compositores, entre otros, y además de Ravel, Prokofiev, Hindemith, Britten o Strauss. El segundo, el Concierto en sol fue acabado al año siguiente y estrenado con Marguerite Long como solista el 14 de enero de 1932 en la Sala Pleyel de París.

La obra se ha convertido en una de las más célebres de su autor y en uno de los conciertos del siglo XX más frecuentados por todos los pianistas, a pesar de que se trata de una de las partituras más difíciles del repertorio. En los movimientos extremos hay gestos jazzísticos combinados con algunos elementos del folclore vasco, y en ellos la orquesta parisina luce un estado de forma esplendoroso, pero es sobre todo el tiempo central, un elegíaco Adagio assai de corte impresionista, el que ha conquistado a todas las audiencias del mundo. Es también el movimiento en el que la sutileza en el manejo de las dinámicas y del tempo del intérprete onubense alcanza cotas absolutamente mágicas, desde mi punto de vista, casi inigualadas en el mundo fonográfico. A pesar de que casi todos los grandes pianistas se han acercado a la obra, es casi imposible escuchar esta música tocada con mayor profundidad poética, lirismo, sensibilidad, detalle y hondura, sin que ello reste un ápice al puro placer sensual de un sonido perlado, finísimo. Un prodigio. 

Jeux de miroirs - Ravel, Perianes y Pons Jeux de miroirs - Ravel, Perianes y Pons

Jeux de miroirs - Ravel, Perianes y Pons

El CD se abre y se cierra con la Alborada del gracioso, cuarto número de Miroirs, una suite para piano estrenada por otro gran pianista español, Ricardo Viñes, en 1906. El gracioso del título original es el bufón del teatro clásico español, y la obra muestra a la perfección el refinamiento españolista de Ravel, quien orquestó la pieza en 1918. La versión orquestal de Pons atiende tanto al puro, hedonístico brillo tímbrico (extraordinarios todos los solistas del conjunto parisino) como al refinamiento sonoro y el equilibrio de planos. La respuesta especular de Perianes al final del álbum llega con chispa, desenfado y el característico gusto del pianista por los contrastes dinámicos y el juego expresivo con el tiempo.

Le Tombeau de Couperin se presenta como un doble homenaje de Ravel: por un lado a la escuela clavecinística francesa del Barroco; por el otro, a sus amigos muertos en la Primera Guerra Mundial, a quienes están dedicados cada uno de los seis movimientos de la suite. Escrito entre 1914 y 1917, Le Tombeau de Couperin es la última obra para piano solo del compositor. La primera audición se ofreció el 11 de abril de 1919 en la Sala Gaveau de París. Su primera intérprete en público fue Marguerite Long, viuda del dedicatario del sexto y último movimiento de la suite, el musicólogo Joseph de Marliave.

En junio de aquel mismo año, Ravel orquestó cuatro de los seis números (Prélude, Forlane, Rigaudon y Menuet), dejando fuera los dos que menos tenían que ver con la suite clásica, la Fugue y la Toccata, posiblemente las dos piezas escritas en un idioma más pianístico. El piano de Perianes se impone una vez más por su delicadeza y elegancia, pero Pons no se queda atrás en excelencia y le responde desde la orquesta con una transparencia de texturas soberbia, en la que destacan, por encima de todo, unas maderas verdaderamente antológicas. Sin duda, uno de los mejores discos que he tenido ocasión de escuchar en los últimos meses.

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