Feria del Libro Antiguo

Una huella imborrable

  • Coincidiendo con la celebración de la Feria del Libro Antiguo, la colección de Bibliofilia de la Universidad de Sevilla publica las valiosas memorias de la bibliófila Emily Millicent Sowerby

Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, para la que E. Millicent Sowerby catalogó los libros de Jefferson. Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, para la que E. Millicent Sowerby catalogó los libros de Jefferson.

Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, para la que E. Millicent Sowerby catalogó los libros de Jefferson.

No todos los rescates tienen la misma importancia y es bueno diferenciar, para no confundir a los lectores, los que suponen la recuperación de nombres valiosos de los que aprovechan las modas o el aire de los tiempos para traficar con la credulidad del público bienintencionado. Tratándose de mujeres, vemos de todo ahora que muchas autoras han comenzado a salir de la oscuridad en la que han permanecido ocultas, figuras de desigual interés que como ocurre con los hombres –muchos autores olvidados lo han sido con toda justicia– merecen distintos grados de atención por parte de los contemporáneos. El caso de Emily Millicent Sowerby (1883-1977), de la que no se conserva ni siquiera un retrato y cuyo nombre no debe ser confundido con el de la ilustradora casi homónima Amy Millicent Sowerby, es paradigmático de esa penumbra en la que siguen instaladas decenas o centenares de autoras o profesionales muy capaces que permanecieron mientras vivían en una invisibilidad no siempre indeseada.

Cubierta de 'Gente rara', diseñada por Juan Bonilla en el estilo 'avant-garde' que tan bien conoce. Cubierta de 'Gente rara', diseñada por Juan Bonilla en el estilo 'avant-garde' que tan bien conoce.

Cubierta de 'Gente rara', diseñada por Juan Bonilla en el estilo 'avant-garde' que tan bien conoce.

Publicado por la excelente colección de Bibliofilia de la Universidad de Sevilla, de la que ya hemos hablado en otras ocasiones y que tiene como impulsor e inspirador al librero José Manuel Quesada, Gente rara y libros raros es uno de los escasos testimonios conocidos de una mujer en un mundo, el de los amantes de las ediciones antiguas, casi proverbialmente masculino, aunque por ejemplo la traductora, Yolanda Morató, ya coordinó un título de la misma serie –Un mundo de libros (2010), donde incluía sendos textos propios sobre Londres y Nueva Orleans– y sabemos por el estudio de Nieves BarandaMujeres bibliófilas en España (2017)– que tampoco es el suyo un caso aislado. Más de medio siglo después de la edición original inglesa podemos acceder a Rare People and Rare Books (Constable and Company, 1967) donde Sowerby, consciente de una preterición que le afectó a ella misma, reivindica el lugar de otras bibliófilas como Daisy Levertus, Virginia Warren o Belle Da Costa Greene, pioneras en un negocio dirigido por hombres donde a las mujeres, tan cualificadas a veces como sus desdeñosos empleadores, se les asignaban tareas ancilares o de mero secretariado.

Sowerby trabajó para las prestigiosas casas de Voynich, Sotheby's y Rosenbach Company

"Contar callando" son la expresivas palabras con las que Morató, no sólo traductora sino responsable del descubrimiento de Sowerby en castellano, titula un prólogo que deja clara la singularidad de la autora y el valor primordial de su contribución, en su doble calidad de erudita de altísima competencia y de memorialista asimismo excepcional. "Como en tantos oficios –empieza diciendo–, el mejor profesional es el que no se hace notar a primera vista, pero deja a su paso una huella imborrable". Sowerby fue una mujer discreta no en ese sentido femenino –prescindiremos de citas poco edificantes– que los misóginos celebran como una virtud, sino en el que distingue a las personas de cualquier sexo cuando además de sabias son reservadas y confiables. Otra cosa es que se dedicara, además, a las tareas de contraespionaje, como lo hicieron otros expertos en artes o antigüedades –baste recordar a Anthony Blunt, uno de los famosos cinco de Cambridge– que tenían por su trabajo acceso a personajes principales e información potencialmente valiosa. Y de esta faceta, claro, apenas sabemos nada.

La poeta y filóloga Yolanda Morató (Huelva, 1976), traductora de la obra y responsable del rescate de Sowerby. La poeta y filóloga Yolanda Morató (Huelva, 1976), traductora de la obra y responsable del rescate de Sowerby.

La poeta y filóloga Yolanda Morató (Huelva, 1976), traductora de la obra y responsable del rescate de Sowerby.

Natural de Beverley, Yorkshire, Sowerby se formó también en Cambridge y vivió en Londres por una época, señala Morató, especialmente propicia para las mujeres independientes, que en muchos casos ocuparon el lugar que habían dejado los varones tras su alistamiento masivo en la fuerza expedicionaria británica, diezmada en el frente francés de la Gran Guerra. Después de trabajar para las prestigiosas casas de Wilfrid Michael Voynich, el célebre bibliófilo que da nombre al enigmático manuscrito, aún hoy indescifrado; y ya como catalogadora de Sotheby's, junto a sir Montague Barlow, Sowerby dio el salto a los Estados Unidos en los años veinte, donde encontró un puesto de bibliógrafa en la afamada Rosenbach Company. A la etapa norteamericana de su itinerario –fuera del marco de estas memorias, que se cierran en febrero de 1942, poco después de Pearl Harbor– se debe el catálogo donde reconstruía y ordenaba la legendaria colección de libros de Thomas Jefferson, una obra verdaderamente monumental, encargada por la Biblioteca del Congreso y publicada en cinco volúmenes entre 1952 y 1959.

La traductora resalta el papel de los catálogos a la hora de reconstruir la historia del libro

También resaltado por Morató, el importante papel de los catálogos y de las bibliografías de libreros y coleccionistas a la hora de reconstruir la historia del libro se pone de manifiesto en unos recuerdos, como los llama Sowerby, que lo reflejan desde dentro y extramuros del ámbito universitario, a pie de obra de los novelescos gabinetes y subastas donde los bibliómanos –y los miembros a menudo extravagantes de toda esa cofradía de intermediarios, marchantes, asesores que aúnan el conocimiento riguroso, la pasión genuina y el afán de lucro– no sólo comercian o pujan por las piezas codiciadas, sino que contribuyen con su febril actividad a rescatar tesoros perdidos u olvidados y a ensanchar de forma deliberada o azarosa los dominios de la literatura. No se trata de una labor altruista ni ajena a los fraudes, mixtificaciones y malas prácticas, pero a la vez presupone una familiaridad –la traductora incluye un oportuno glosario final donde se definen los términos habituales de la edición y la bibliofilia– que puede superar a la de los mayores especialistas académicos en la materia.

Pasando por alto las vicisitudes de su vida privada y eludiendo por sistema cualquier apunte demasiado personal, Sowerby se autorretrata de un modo indirecto al describir los ambientes y a los colegas con los que trata, sin caer en los excesos de name-dropping, tan habitual entre las gentes del libro. Hay en su recuento un respeto por la profesión, una modestia no impostada, una falta de petulancia que se sitúan muy lejos de la insufrible pedantería de los exquisitos que presumen de tales. La autora, dice Morató en entrevista a Sonia Domínguez, "ejemplifica bien la labor callada de algunas de las mujeres eminentes de siglos pasados", y es claro que ese eminentes no tiene en su discurso la connotación irónica que le dio Lytton Strachey al título de su famosa colección de semblanzas. Podríamos decir que las memorias de Sowerby reflejan la cara B del oficio, pero de hecho ella formó parte de la A donde se sitúan los que además de destacar en ella han convertido su profesión en una auténtica forma de vida.

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