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Amos Oz: donde no hay hombres, sé un hombre

  • El escritor israelí murió con 79 años, pero si uno repasa su vida quizá sería más exacto decir 790, como los patriarcas bíblicos que hablaban el mismo idioma en el que él escribió libros cautivadores como 'Una historia de amor y oscuridad' o 'El mismo mar'

El escritor Amos Oz, nacido en Jerusalén y fallecido en Tel Aviv el pasado 28 de diciembre a los 79 años. El escritor Amos Oz, nacido en Jerusalén y fallecido en Tel Aviv el pasado 28 de diciembre a los 79 años.

El escritor Amos Oz, nacido en Jerusalén y fallecido en Tel Aviv el pasado 28 de diciembre a los 79 años. / D. S.

En las fotos de sus últimos años, Amos Oz tenía el aspecto de uno de esos nobles romanos imaginados por Shakespeare –un Coriolano, tal vez–, con tantas arrugas como experiencia había adquirido a lo largo de la vida, y con unos ojos de un gris azulado que parecían irradiar la auctoritas, esa cualidad de quienes han vivido mucho más, en términos de coraje y soledad y dolor, que cualquiera de sus conciudadanos.

Para muchos de sus compatriotas israelíes, Amos Oz era un traidor por defender la existencia de un Estado palestino, pero poca gente habrá amado más a Israel que este escritor que murió hace dos semanas. Amos Oz tenía un lema que parece esculpido en mármol, igual que su rostro: "Donde no hay hombres, sé un hombre".

Para alguien como él, que vivió en una región y en una época inundada de fanáticos que preferían aullar como chacales, comportarse como un hombre –es decir, atreverse a vivir con dignidad y compasión– fue una tarea muy difícil. Amos Oz creía en una solución chejoviana para el conflicto entre Israel y Palestina. Decía que una tragedia shakespeariana contiene mucha épica sublime, pero al final sólo hay cadáveres en el escenario. En cambio, en un drama de Chéjov no hay épica, sino desilusión y dolor e incertidumbre, pero al menos los protagonistas están vivos cuando termina la obra.

Evidentemente, en Israel y Palestina abundaban mucho más los fanáticos partidarios de los finales plagados de épica y de muertos. Y cuando Oz recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras, en 2007, recordó que los fanáticos se distinguen por dos cualidades: carecen por completo de sentido del humor y carecen por completo de imaginación.

"Parte de la tragedia árabe-judía –escribió en su discurso– es la incapacidad de muchos de nosotros, judíos y árabes, de imaginarnos unos a otros. De imaginar realmente los amores, los miedos terribles, la ira, los instintos. Demasiada hostilidad impera entre nosotros y demasiada poca curiosidad". Amos Oz sabía de lo que hablaba porque él mismo fue un fanático cuando era niño. En 1947, cuando tenía ocho años, se construyó un cañón de juguete en el patio de su casa, en Jerusalén, con el que se propuso bombardear Buckingham Palace. 

Ninguno de sus libros puede entenderse sin el trasfondo de lo que él llamaba el síndrome de Jerusalén

Por entonces Palestina estaba bajo dominio británico y los judíos soñaban con expulsar a los ingleses y crear un estado propio en el que pudieran instalarse todos los judíos que habían logrado sobrevivir al Holocausto. No eran tiempos favorables al humor ni a la imaginación. Los judíos, trastornados por la experiencia del Holocausto, querían apoderarse de Jerusalén al precio que fuera. Los árabes temían ser expulsados de sus tierras. El odio proliferaba. Los fanáticos gritaban. Y todo el mundo soñaba con construir un mundo mejor exterminando a sus enemigos.

"Hay un trastorno mental muy arraigado llamado síndrome de Jerusalén –decía Oz en su ensayo sobre el fanatismo–: la gente llega, inhala el nítido y maravilloso aire de la montaña y, de pronto, se inflama y prende fuego a una mezquita, a una iglesia o a una sinagoga". Ninguno de los libros de Oz puede entenderse sin el trasfondo del síndrome de Jerusalén que impulsa a los seres humanos a prender fuego a las mezquitas, las sinagogas o las iglesias. Y a ser posible, con todos sus fieles dentro.

Amos Oz murió a los 79 años, pero si uno repasa su vida –con el suicidio de su madre cuando él tenía 12 años, además de las dos guerras en las que luchó y el combate aún más largo a favor de la paz entre árabes e israelíes–, quizá sería más exacto decir que Oz había vivido 790 años, como los patriarcas bíblicos que hablaban el mismo idioma en el que él escribió sus libros.

Nacido en Jerusalén, en 1939, el niño Amos Klausner se cambió el apellido por Oz –que significa fortaleza en hebreo– cuando su madre se suicidó y él decidió irse a vivir a un kibbutz (una cooperativa agrícola), lejos del mundo libresco en el que había pasado su infancia. Durante la Guerra de los Seis Días, en 1967, Oz luchó en el Sinaí –el día antes de entrar en combate, el general de su unidad se puso a hablar con sus soldados de la Guerra y paz–, y luego luchó otra vez en la guerra del Yom Kippur.

En 'El mismo mar' logra el milagro de hablar de deseo y de muerte con una exaltación litúrgica sólo comparable a la de Leonard Cohen

En 1967, Oz entrevistó a algunos soldados como él que habían luchado en el frente e intentó publicar sus amargas opiniones sobre la guerra, pero el ejército las censuró porque contaban hechos demasiado desagradables. De todos modos, Oz no quiso escribir sobre la guerra porque decía que lo fundamental en una guerra son los olores, y que el hedor especial de la guerra no puede ser descrito de ninguna manera. "Y si uno no puede expresar ese hedor particular que se respira en un campo de batalla, todo lo que diga sobre la guerra será falso".

Amos Oz pertenecía a una familia de judíos centroeuropeos que emigraron a Palestina a comienzos del siglo XX, cosa que los salvó del Holocausto. Oz contaba que esos judíos eran los únicos europeos que en los años 20 y 30 creían en Europa, aunque Europa los expulsó, o peor aún, los exterminó en las cámaras de gas o en el Gulag soviético.

La madre de Oz, Fania Mussman, era una lectora apasionada de Chéjov, pero un buen día empezó a sufrir migrañas, luego dejó de hablar y luego dejó de leer. Y cuando su hijo tenía 12 años, en 1952, un día de tormenta, Fania se fue al apartamento de su hermana en Tel Aviv, se metió en la cama y se tomó una dosis letal de barbitúricos. No hubo una razón. Amos Oz nunca habló con su padre del suicidio de su madre y los dos fingieron que Fania Mussman jamás había estado viva. Hasta que un día, muchos años después, Oz invitó a su padre y a su madre muertos a compartir una taza de café y empezó a hablar con ellos de lo que nunca habían hablado cuando estaban vivos. Y así surgió esa maravilla que es Una historia de amor y oscuridad (2002), uno de los grandes libros de memorias del siglo XX.

Raquel García Lozano, la excelente traductora de Oz al castellano, ha escrito que Oz sentía una predilección especial por uno de sus libros menos conocidos. Se trata de El mismo mar (1999), una mezcla de poesía y prosa en el que Oz consigue el milagro de hablar de sexo y de dolor y de deseo y de muerte con una exaltación litúrgica que sólo he podido apreciar en las canciones de Leonard Cohen. "Hay que dar gracias por todo –escribe Oz en ese libro–, por la luna y el viento, la copa de vino, el bolígrafo, las palabras, el ventilador, el flexo... No estaría mal dejar a cambio unas cuantas líneas dignas de ese nombre".

Amos Oz nos dejó esas líneas en que daba las gracias. Y no fueron unas cuantas líneas, sino muchas, muchísimas. Y entre ellas, ese lema que parece escrito en mármol: "Donde no hay hombres, sé un hombre".

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