El club de los divorciados | Crítica

Morirse de risa

'El club de los divorciados'. 'El club de los divorciados'.

'El club de los divorciados'.

El cine francés se va a morir de risa. Como todas las cinematografías siempre ha tenido cómicos de inmensa popularidad (Louis de Funes) o inmenso talento (Tati) y maestros de la comedia como el elegante Clair o el irónico Renoir. Pero desde hace años una línea de comedias ligeras –bisnietas tontuelas del teatro de boulevard que tuvo en Georges Feydaeu su cumbre– arrasan en taquilla promoviendo, no siempre con el mismo éxito económico, pero sí con la misma determinación de lograrlo por el camino más fácil, una variante blanda que produce cosillas como esta película dirigida por Michaël Youn, a quien no tenía el gusto de conocer y salvo por obligación profesional no volveré a frecuentar.

Recuerda a El club de las primeras esposas (1996) en versión masculina. Si en aquella película Bette Midler, Diane Keaton y Goldie Hawn fundaban un club para vengarse de sus ex maridos en un desafío de actuaciones gesticulantes, aquí son, con una excepción, maridos engañados y/o abandonados los que se entregan a todos los placeres que un hombre casado que vuelve a ser soltero pueda imaginar después de ver películas de Tony Curtis. Arnaud Ducret y François-Xavier Demaison animan sus tontos personajes en similar línea gesticulante a la del trío de actrices americanas. Humor grueso, chistes de comida de empresa de fin de año y un cierto aire de comedia americana gamberra ahumada a la francesa estiran la cosa hasta completar un metraje que se hace mucho más largo de lo que dura.

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