Siervos | Crítica Estética de la represión

Una imagen del filme eslovaco de Ivan Ostrochovský.

Una imagen del filme eslovaco de Ivan Ostrochovský.

El eslovaco Ivan Ostrochovský (Koza) se suma con Siervos a esa nueva estética de la represión comunista rediseñada por Pawel Pawlikowski (Ida, Cold war) y sancionada por las Academias a partir de los rescoldos de aquel cine del Este de arte y ensayo de los 60 pasados por el nuevo filtro vintage del blanco y negro contrastado, el formato cuadrado, el plano fijo, la narración minimalista y elíptica y un sugerente diseño sonoro.

Estamos en la Checoslovaquia de 1980, pero bien pudiera ser cualquier otro país del eje soviético en un tiempo igualmente indeterminado y suspendido. Tal es el efecto fantasmal y frigorífico de la puesta en escena sobre unos materiales argumentales mínimos: la llegada de dos jóvenes a un seminario y las pequeñas rutinas e intrigas internas por respirar un poco de libertad en un ambiente de represión, sospecha y vigilancia por parte de los servicios secretos del Estado y las facciones afines en el seno de la Iglesia.  

Los cuidados encuadres de Ostrochovský buscan traducciones visuales de la opresión y el tono de su propuesta juega a veces con las maneras de un noir ascético entre los muros del edificio religioso. Fuera de él, la figura del siniestro comisario con psoriasis que interpreta el gran Vlad Ivanov apunta a esa doble condición de cárcel social en la que todos son prisioneros y siervos de un mismo sistema.

Si las imágenes, los sonidos y músicas y la cadencia del filme se mueven entre el rigor, el extrañamiento y el sonambulismo, a Siervos le cuesta ya más despegar algo de empatía hacia los personajes que la habitan. Una vez más, el mecanismo formal, sus figuras y símbolos se imponen demasiado sobre la verdadera carne sufriente del drama en un tiempo no tan lejano distanciado aún más por una estilización que corre el riesgo de anestesiar la Historia.