La Sentencia hilvana su Martes Santo en Pérez Cubillas
Con una cofradía que sostiene la barriada con un taller de costura que no descansa, la hermandad que preside José Roldán mantiene vivo el pulso de sus vecinos mientras culmina, “paso a paso”, el canasto del misterio
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Hay cofradías que no solo pertenecen a un barrio: lo vertebran. En Pérez Cubillas, la Hermandad de la Sentencia funciona como un lugar común en el que se está asiduamente, sin hacer ruido, sin preguntarse por qué. Simplemente, se está. Como quien vuelve a casa. Aquí no se presume de lujos —ni falta que hace— porque el orgullo del barrio va por dentro: en la gente que pasa y que se acerca a ver al Cristo, en los que empujan desde atrás cada Martes Santo y en los que lo sostienen el resto del año.
Su hermano mayor, José Roldán, lo resume sin rodeos: la meta no es “tener grandes estrenos” ni competir en dorados o bordados, sino caminar “poquito a poco”, con pasos firmes, porque en esta barriada cada avance cuesta el doble. “Para abrir un agujero en lo que es el canasto, aquí hay que tapar muchos agujeros en la barriada”, explica, poniendo en el mismo plano lo patrimonial y lo humano.
La hermandad, insiste, nació desde esa lógica. Antes de plantearse como cofradía ya trabajaban en la atención a vecinos y necesidades del entorno. “Lo más sencillo para nosotros hubiera sido irnos a otro sitio”, admite, al centro o a una zona con menos dificultades económicas. Pero se quedaron porque las hermandades se forman desde una necesidad del pueblo, y aquí la necesidad era real. Con la asociación de vecinos, la Sentencia se convierte muchas veces en el sitio al que mirar cuando alguien necesita ayuda.
Ese arraigo también lo marca en la Semana Santa. La Sentencia sale el Martes Santo y no fue casual. Según Roldán, el pensamiento siempre fue abrirse paso en una jornada de hermandades asentadas, con peso específico, pero donde también “hacía falta una hermandad de barrio puro". Durante un tiempo procesionaron en Sábado de Pasión, mientras buscaban su lugar definitivo. Además, como hermandad sacramental, la compatibilidad con los Santos Oficios complicaba otras opciones: un Jueves Santo tardío era inviable para llegar a la carrera oficial a tiempo sin faltar a lo que su propia condición les exige.
En lo patrimonial, la noticia de este año se escribe en madera y paciencia. El Señor no presenta estrenos en sí mismo, pero el paso de misterio sí sigue cerrando etapas: el canasto está prácticamente concluido, con los costeros terminados y a falta de una trasera que se retrasa por cuestiones del tallista. No se vende como un gran golpe de efecto, sino como lo que es: el fruto de casi veinte años de trabajo lento, de “barra” y de “lomos”, como dice el propio hermano mayor.
Pero si hay un cuerpo que explica mejor que nadie qué significa “hacer hermandad” en Pérez Cubillas, no está en los papeles: está en una sala contigua al fondo de la parroquía donde se cosen túnicas y "lo que les eches". La Sentencia posee un cuerpo de costureras que convierten la tarde en oficio y en refugio, y que sostienen con aguja lo que luego se ve en la calle.
Margari, Mari Ángeles, Manoli, otra Manoli a la que distinguen por “Estíbaliz” (su marido se llama Sergio), Rosa y Rosy llevan diecisiete años en esto. Vienen “de lunes a jueves” y, si hay mucha costura, también viernes y sábado. Entran a las cuatro de la tarde y se van a las nueve y media, a veces cenando allí, con el café de por medio y la puerta cerrada solo por organización: cuando toca medir o probar túnicas, se abre, se llama, se atiende. La hermandad, en su versión más real, se parece más a ese timbre que a un cartel.
Ellas lo dicen sin afectación: cosen “todo lo que haga falta”. Túnicas del Cristo, sayas, mantos, arreglos, capas… y también lo que el año trae fuera del calendario cofrade. Cuando llega el frío, aparecen telas de camilla, cortinas o trajes de gitana; cuando pasa la Semana Santa, el costurero no se apaga: cambia de tarea y sigue. Aquí “difícil” no es la palabra: “difícil no es nada difícil; hay cosas que tienen más trabajo”, dicen, con Rosy como maestra del corte —“si ella se equivoca, se va al traste todo”— y el resto, a máquina o a mano, completando una cadena de confianza.
En ese grupo hay además una historia que pesa por sí sola: Margari fue la primera mujer hermana mayor en Huelva y la segunda de Andalucía. Lo cuenta con naturalidad, como quien no pide aplauso sino memoria: “Hace 26 años era muy difícil”. Ella había crecido en la hermandad desde la etapa de gloria, fue tesorera, estuvo en Junta, vivió el paso a penitencia y terminó encabezando una cofradía cuando no era habitual ver a una mujer al frente.
Y luego está el Martes Santo, que para ellas es casi una extensión de la costura. No todas van “detrás del Cristo” del mismo modo: unas salen en el cortejo; otras cumplen tareas silenciosas: repartir agua, preparar bocadillos, atender a los nazarenos, sostener el recorrido largo cuando el cansancio aprieta. “Durante todo el recorrido vamos dando agua y dando panito”, explican. Es otra forma de coser: no con hilo, sino con cuidado.
Al final, la Hermandad de la Sentencia se entiende mejor si se mira desde esa sala. La cofradía que sale el Martes Santo desde Pérez Cubillas no presume de brillo porque su brillo está en otro sitio: en el barrio que acompaña, en la caridad que prioriza, en el paso que avanza sin prisa y en esas mujeres que, tarde tras tarde, mantienen viva una certeza sencilla: aquí la hermandad no se hereda solo por devoción; también se construye a puntadas.
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