Redención despide a Rafael Domínguez tras 12 años de mandato y consolida su “vuelta al barrio” en Huerto Paco

El hermano mayor saliente deja una corporación “de puertas abiertas”, con el título de Real, el Rey como hermano honorario y un salto patrimonial e institucional apoyado en el trabajo de la Junta de Gobierno

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Rafael Domínguez, junto al Cristo de la Redención.
Rafael Domínguez, junto al Cristo de la Redención. / Josué Correa

La Hermandad de la Redención afronta un Domingo de Ramos con sabor a final de etapa. Rafael Domínguez se despide como hermano mayor tras doce años al frente de la corporación, asentada en Huerto Paco y con la mirada puesta en que la cofradía siga creciendo “sin perder nunca” su vínculo con la parroquia y la comunidad parroquial.

El balance de este ciclo se mide, primero, en clave institucional. Domínguez subraya el camino recorrido hasta lograr el título de Real y el nombramiento del Rey como hermano honorario, un trabajo “de mucha comunicación” con Casa Real que culmina —explica— tras un tiempo prudente desde la primera distinción, y que la hermandad recibe “con orgullo” por lo que simboliza la Corona para una parte importante de los españoles.

Rafael Domínguez señalando el caballo del paso de misterio.
Rafael Domínguez señalando el caballo del paso de misterio. / Josué Correa

Pero si hay un hilo conductor que atraviesa su mandato es el retorno a la raíz: ser, de verdad, una hermandad de barrio. Redención pasó de estar “acogida” fuera de su feligresía a pelear por recuperar su sitio, incluso cuando eso significaba salir desde una carpa en el patio de un asilo, con años “durísimos” de lluvia y calor. Aquel sacrificio —defiende— era la única forma de que el barrio “creyera” en la Hermandad mientras se trabajaba, junto a los grupos parroquiales, para que la nueva parroquia fuese una realidad.

Ese esfuerzo, hoy, se traduce en una normalidad que antes era impensable. Redención ya sale por una puerta pensada para la cofradía y se recoge sin la presión de desmontar “en la penumbra” o trasladar imágenes a contrarreloj. “Cuando se abre esa puerta para que la hermandad se ponga en la calle”, resume Domínguez, se cierran también muchas heridas de aquellos años de provisionalidad.

En lo patrimonial, el salto es igualmente visible. El hermano mayor saliente insiste en que, para el Domingo de Ramos, Redención ya no necesita “pedir nada” y puede hacerlo todo con medios propios, con avances “tangibles” en pasos, insignias y enseres. En el caso de la Preciosa Sangre, el proyecto ha ido tomando cuerpo con un misterio cada vez más definido y un canasto cuyo calado continúa avanzando de la mano de comisiones y costaleros.

Nada de eso, recalca, se sostiene solo con ilusión. Domínguez atribuye los logros al trabajo de la Junta de Gobierno, a la confianza de los hermanos y a una base imprescindible: la impecable gestión de la tesorería, que ha permitido ordenar prioridades, responder a lo urgente y planificar lo importante. “Lo que se ve —dice— es irrefutable: lo que era la hermandad cuando llegué a lo que es hoy”.

También ha cambiado el pulso humano. De no alcanzar el centenar de hermanos en 2013, Redención supera ya los quinientos, un crecimiento que Domínguez explica con una idea sencilla: una hermandad “atractiva” en la calle, pero también igualitaria por dentro. “Que los hermanos se sientan como en su casa”, repite, sin etiquetas ni bandos, como legado principal de su gestión.

La despedida, además, llega con elecciones en mayo y sin grandes estrenos por el calendario electoral. Domínguez, que no puede repetir por estatutos, insiste en que la nueva Junta debe tener “las manos libres” y contará con su colaboración si la necesita. Se va “con la conciencia tranquila”, convencido de haber servido a la Iglesia y a sus hermanos, y con un deseo: que Redención continúe creciendo, pero siempre desde la unidad y la comunión parroquial que —a su juicio— han sido la clave de estos doce años.

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