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Mucho más que las desafortunadas palabras de la ex ministra Isabel García Tejerina sobre la educación en Andalucía -comentadas aquí magistralmente por Luís Sánchez-Moliní- me indignaron las que, agrandando y agravando la torpeza, pronunció después el inefable Verstrynge. El hoy presunto podemita, hombre de una inquebrantable incoherencia, no reprocha ya los efectos de un sistema educativo deficiente (que lo es), sino que sitúa el núcleo de la diferencia en la propia ineptitud congénita de nuestra juventud. Para Verstrynge, ésta anda atolondrada por "los muchos rebujitos, las muchas cervecitas, las muchas gambitas, la mucha playita o el mucho ordenador". O dicho de otro modo, el problema no está en el qué ni en el cómo se le enseña, sino en la propensión genética que tiene el adolescente andaluz a zanganear.

Como comprenderán, existe un importante salto cualitativo entre ambas opiniones: para Tejerina, todo se solucionaría modificando planes, métodos y procesos; para don Jorge, la cosa no tiene arreglo si no logramos cambiar la mentalidad de una población secularmente hedonista, entregada desde la cuna a los placeres de la vida, naturalmente desganada y vaga, siempre de espaldas al esfuerzo que exige el propósito de alcanzar un futuro mejor. Aun confesándose "medio andaluz", el volátil politólogo no tiene empacho en despreciarnos como pueblo, en hacer suyos, entre bromas y veras, todos los tópicos que el norte acuñó para zaherirnos. El quite de Verstrynge a Tejerina, lejos de alejarla de una cornada segura, la acerca todavía más al morlaco de sus errores.

Al cabo, no sé muy bien por qué me enojo. El personaje no lo merece. Un tipo que sucesivamente, y sin que le reviente la sesera, ha sido admirador del falangista Girón, alumno de Fraga (a quien definía como gaullista, populista y socialdemócrata), cofundador de Alianza Popular, cortejador del CDS, militante socialista, asesor del PCE, agitador antisistema, colaborador de Podemos y simpatizante de Marine Le Pen, no puede dar lecciones de casi nada. Ultra de lo que sea, pero ultra, Verstrynge tiene a gala el haber transitado del neofascismo francés al nacionalcomunismo. Toda una hazaña que, como peaje, le roba objetividad a su discurso y permanencia a sus dictámenes. Su navaja, a fuerza de acuchillar a cuanto se mueve, se ha vuelto roma. Y para su desgracia, más que apuñalar, cosquillea. Así que nada figura, a hablar menos y a madurar pronto.

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