Su propio afán

La pura compañía

Este verano no hace falta tener conversaciones profundísimas para que sean esenciales

Escriboartículos por encima de mis posibilidades. Así que ando siempre rebuscando dos cosas: temas y tiempo. Como además aspiro a llevar una vida corriente, salgo a cenar a veces con amigos. En esa coyuntura, me siento a la mesa con este aviso: "Todo lo que se diga aquí puede salir mañana en un artículo".

Pero generalmente no saco nada. Es extraño. Yo en la cena hablo poco, no porque no sea charlatán, sino porque los amigos me leen y, cuando empiezo a explicar cualquier cosa, me cortan rápido: "Ah, sí, eso ya lo contaste en el Diario". Entonces, callo, como, escucho y, como mucho, pregunto.

Bien, pues en la mayoría de las ocasiones, en un almuerzo o una cena que puede durar hasta dos horas, no encuentro ni una sola cosilla que traerme a la columna. Las ideas generales se asemejan a las de los líderes de opinión de la radio de la mañana. Y lo principal son delicadas confidencias familiares que no pintan nada en un papel.

Podría levantarme de la mesa con angustia, porque los plazos de entrega se han acercado inexorables dos horas más; pero levantarme triste sería un error garrafal. Aunque me urja, una idea para un artículo no es lo verdaderamente importante, ni ser originales, ni particularmente ingeniosos o perspicaces en el análisis de la actualidad.

Lo importante lo descubrió hace más de ochenta años el antropólogo Bronislaw Malinowski, trabajando con los indígenas Trotibriand. El primer papel del idioma y las conversaciones, tanto en esas comunidades ancladas en el tiempo como en las rabiosamente actuales, es estrechar los vínculos. Jonathan Sacks, en su libro Celebrar la vida, recoge esta idea, avalada por los más modernos psicolingüistas, y concluye que lo esencial es el encuentro con el otro, trascendente y valioso en sí mismo.

Byung-Chul Han alerta en su libro No cosas: "La desaparición del otro es un evento dramático. […] Como secreto, como mirada, como voz, está desapareciendo. […] Privado de su otredad es condenado a ser un objeto consumible, rentable". Si con mis amigos estuviese remediando el artículo de mañana u otro negocio, les socavaría, sin darme cuenta, su insobornable otredad. Es una suerte que no pueda aprovecharme de ellos porque la fortuna es estar con ellos. Chin, chin. Y si este artículo tampoco tuviese ni una idea original, lo mismo. Mal que bien, Malinowski nos ampara. Lo importante es el vínculo. Gracias por estar aquí, desinteresado lector.

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