No se lo digas al mapache

03 de marzo 2026 - 03:08

Solía tener una vida relativamente libre y feliz hasta que caí en sus garras. Ocurrió como ocurre siempre, un amigo te dice que es inofensivo, te animas a probarlo, parece divertido y cuando te quieres dar cuenta, pum, estás enganchada. Ahora hay un pequeño personaje gris que controla mi vida.

En mi caso, fue mi prima la que me introdujo en la secta del mapache. Empezó por un cumplido «estás más delgada, prima» y entonces se le iluminaron los ojos: «Es por el mapache», dijo. El juego es sencillo: hay un mapache en tu móvil que se alimenta de los datos que le das. Si te comes una tostada para desayunar, pum, foto, y el mapache te calcula las calorías, los hidratos, los carbos y las proteínas gracias a la inteligencia artificial con un ligero margen de error, especialmente en las cantidades. Así fue como me di cuenta de que comía por mí y por todo un equipo de fútbol que al parecer vive conmigo y no lo sabía. El Mapache me educó, Él forjó mi mirada. Con sus ojillos sonrientes, siempre sin censura, analizaba lo que comía y me ofrecía los datos, solo los datos, limpios, puros, matemáticamente pulcros, sin ninguna clase de juicio de valor. «Esta tostada con aceite y tomate equivale a 287 calorías». Fin. «¡Buen trabajo! Vas por muy buen camino». Sólo mensajes positivos.

Los resultados no tardaron en llegar. Solo hizo falta un «estás más escurrida» para que yo también me convirtiera en embajadora mapachil. Conviértete y cree en el mapachito. Veía el éxito, el camino, sentía la luz y la llamada. Todo era gloria en su reino.

Ayer tenía la tarde tonta y me comí un croissant. De chocolate. No se lo dije, no tuve valor. Me escondí en el cuarto porque juraría que le di permisos para que usara el micrófono también. Estaba ciega, se lo di todo. Cámara, sí, ubicación, también. Le habría dado el pin de mi tarjeta si me lo hubiera pedido. Así funcionan estas cosas. Me escondí porque no quería que escuchara cómo la deliciosa hoja dorada crujía entre mis dientes mientras el chocolate se derraba por los lados. Fue un momento de debilidad pero juré ser fuerte.

Hoy he comido con amigos. La primera cerveza se la conté, lo prometo, pero a partir de la tercera vi sus ojillos ensombrecerse y no tuve corazón. De los chocos y los boquerones fritos ni hablamos. No puedo hacerle eso, entiéndanlo, no puedo romperle el corazón de esa manera.

Solo con la cerveza sus mensajes ya cambiaron. «No pasa nada, mañana es un nuevo día». Cerré los ojos y suspiré recordando la traición del croissant. Hoy es mañana, ¿no lo entiendes, Mapachito?

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