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De acuerdo con la periodización tradicional, las primeras modalidades de escritura nacieron en Mesopotamia a lo largo del cuarto milenio antes de la Era, asociadas a las urbes incipientes y a las necesidades del registro administrativo para las que sumerios y acadios desarrollaron el sistema cuneiforme, a partir de los primitivos pictogramas que habrían sido, del mismo modo que en Egipto, la manifestación de un código imitativo o simbólico que aún no remitía a los sonidos de la lengua. Los signos representaban astros, objetos o animales, pero no palabras. Evocaban de modo rudimentario las realidades inmediatas que designaban, pero no podían ser pronunciados. Los primeros textos son meros inventarios de bienes o cumplen funciones religiosas elementales, todavía incapaces de conformar relatos propiamente dichos. El paso de la notación del objeto, identificado directamente con el signo, a la notación de la sílaba correspondiente a su nombre –o bien a otro distinto pero homófono– es lo que abrió el camino a una escritura fonética y a la posibilidad de transcribir con ella cualquier idioma. Antes de este crucial desplazamiento, los estudiosos hablan de una escritura de las cosas, la primera forma de comunicación de la que tenemos noticia, aunque no siempre sepamos descifrar lo que dicen los sugerentes trazos encontrados en numerosas regiones del planeta. Conocemos bien los jeroglíficos egipcios o los hititas, de bellísima factura, y menos, por ejemplo, los preindoeuropeos del valle del Indo, pero los indicios son muy anteriores. El reciente trabajo del lingüista Christian Bentz y la arqueóloga Ewa Dutkiewicz, que han aplicado técnicas de interpretación estadística a los puntos, líneas y cruces que decoran una amplia muestra de herramientas del Paleolítico, con una antigüedad media de 40.000 años, sugiere que las muescas siguen patrones de significación y que por lo tanto podrían ser remotas precursoras de la escritura. La teoría no es nueva, pues hace décadas que se especula a propósito del significado de las reiteradas incisiones sobre piedra, hueso, marfil o roca, pero se refuerza con el hallazgo de esos patrones que los autores han comparado con los de las más antiguas inscripciones mesopotámicas. ¿Hablaban ya nuestros ancestros lenguas primitivas o seguían comunicándose por medio de gestos y gritos? Impresiona pensar en esa vieja humanidad que sólo tenía memoria oral y cuya huella, vagamente rastreable en los mitos, acaso ha definido el inconsciente colectivo de la especie.
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