Los globos inundaban el patio de la casa mientras los jóvenes correteaban entre el rosa buganvilla y el blanco del jazmín. La hiedra copaba de verde toda la escena y una mesa despampanante reinaba la solana con bocadillos para el descanso. Un niño con sonrisa amable, pidió un balón con el que poder jugar. -¿Cuál quieres? -Le preguntaron. -Me gusta el violeta -respondió. Las mofas, que solo fueron un iceberg sumergido, le envolvieron con palabras dañinas que atravesaban su sensibilidad. Atribulado, le preguntó a su madre por qué esperaban algo predeterminado de él. Ella, connivente, se acercó para ofrecerle una paleta llena de colores y valores primarios, que daban lugar a secundarios y terciarios, dándole la oportunidad de decidir qué identidad quería crear.

El año pasado, Elsa, una niña transexual, dijo que tenía el derecho a que la llamaran como ella se sentía. Pidió leyes que reconocieran que las personas somos diversas y que tenemos el derecho a ser quienes somos y a decidir qué hacer con nuestros cuerpos. La autodeterminación de género es la capacidad de cada persona de definir su identidad, sin necesidad de una opinión externa. Actualmente, si una persona trans quiere cambiar de sexo en su DNI, debe someterse a la valoración por parte de profesionales y contar con un informe psicológico que les diagnostique disforia de género.

Necesitamos las categorías pero, a veces, las personas no son como las camisas, que las podemos ordenar en casilleros según el color o la forma. Somos creadores de nuestra cultura y nuestros comportamientos y todo puede ser cuestionado, porque existen infinitas formas de ser distintos. No podemos permitir que cualquier cosa que te separe de la masa te haga víctima de sus miedos. No permanezcamos en el bando acomodado y etnocentrista, porque arrollaremos a personas inocentes. Por suerte, tenemos el lenguaje que nos permite conocer las palabras que dibujan nuestra realidad, dejando de lado vocablos que causan dolor en quien los recibe. Vivimos en un mundo poliédrico, donde la realidad del vecino es tan cierta como la tuya y te demuestra que tu orbe no es extraordinaria.

El otro día una niña me miró con el único objetivo de sonreír. Con una mirada limpia, me invitó a una fiesta de colores, un espacio diverso donde poder resguardarnos de las piedras que aún caen en muchas partes de un mundo estereotipado. Le propuse preparar una bebida de un solo ingrediente: educación. Un elixir que sirva como pócima contra las fobias por ser quienes queremos ser. Aprovechemos este periodo de tormenta y vendaval para construir lugares donde nadie nos arrebate el camino hacia nuestra libertad.

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