María Fernández

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Vivir 2.0

Merece la pena pararse a pensar en un mundo en el que no existiesen los medios sociales

Dice un estudio reciente que Facebook es la red social más usada, con casi 3.000 millones de usuarios activos al mes. En segundo lugar se sitúan YouTube (con 2.562 millones de usuarios activos) y WhatsApp (2.000 millones de usuarios). En cuarta posición Instagram, que tiene 1.478 millones de usuarios en todo el mundo. Quinta plaza para WeChat, el servicio de mensajería instantánea más utilizado en China (1.263 millones de personas) y en sexta posición TikTok, que supera este año a Facebook Messenger (séptima plaza) al rebasar los 1.010 millones de usuarios en todo el mundo.

No está mal. Teniendo en cuenta que, según el último informe digital realizado por We Are Social y Hootsuite, el número de usuarios de Internet en el mundo alcanzó el pasado año los 4.660 millones de personas, lo que representa al 59,5% de la población (7.830 millones de personas). Unos datos que reflejan una realidad que no acabo de descubrir: Internet y las redes sociales son nuestro día a día.

Tal es así que merece la pena pararse a pensar en un mundo en el que no existieran los medios sociales. ¿Cómo éramos antes de vivir pegados al móvil? Aquellos que, como yo, nacimos a finales de los 80, nos vemos a años luz de aquella época en la que Google era la enciclopedia Larousse y las redes sociales cartas decoradas con rotuladores de colores y pegatinas compradas en el Chino.

¿No te ha pasado que has sentido vibrar el móvil en tu bolsillo mientras cenabas con tu pareja y en realidad no lo llevabas encima? ¿No es verdad que dejas de escuchar lo que te cuenta tu madre después de un día duro para cotillear la última story de tu influencer favorito? ¿O que desconfías del amor de tu pareja porque no te responde por WhatsApp cada 15 minutos? ¡Y mucho peor! ¿Qué decir de aquellos que necesitan compartir ABSOLUTAMENTE todo en sus redes sociales para explicar el motivo de su existencia?

Leyendo este último informe me he dado cuenta de que no sé si podría imaginarme una vida sin estar conectada 24/7. Sencillamente porque quien no está conectado parece que no existe para los demás. Es cierto que hay que estar actualizado y sumarse a lo digital, pero ¿hasta qué punto merece la pena renunciar a una conversación cara a cara, a un abrazo, a una mirada, a una sorpresa por la calle, a un buen libro o a un romance de los de antes? Además de adaptarnos a la nueva realidad, deberíamos aprender a salir de ella. Escapar de Internet a veces puede ser la mejor receta para vivir.

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