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Ojo de pez

Pablo Bujalance

pbujalance@malagahoy.es

Rinoceronte

Cada noticia sobre Vox remite con más fuerza a la obra de Ionesco sobre la aceptación social de los totalitarismos

Si algo podemos tener claro (bueno, más o menos) sobre las próximas elecciones generales es que las encuestas que demuestren mayor fiabilidad serán las que se ajusten al siguiente principio relativo a dos magnitudes directamente proporcionales: a mayor abstención, mayor representación para Vox. Más allá de esto todo se somete a intereses precocinados, o al menos a eso huele. No sé ustedes, pero a cada nueva noticia sobre Vox yo me acuerdo con más facilidad de Rinoceronte, aquella obra de Eugène Ionesco sobre la aceptación social de los totalitarismos. Uno ha conocido de siempre a personas que expresaban de manera abierta su nostalgia del franquismo, sus recelos sobre la población inmigrante, sus sospechas respecto a las mujeres inclinadas a sacar los pies del tiesto, el miedo a cualquier avance científico y tecnológico salvo el que pudiera prodigarles beneficios inmediatos, el asco ante cualquier noción de progreso; pero parecían ser siempre elementos exóticos, puntuales, acotados en sus respectivas reservas. Ahora, los rinocerontes se disponen a hacerse imprescindibles en la política española. Cuando Ortega Smith dice que serán las ideas de Vox las que ganen las elecciones, no va descaminado. El primero en tomar nota ha sido Pablo Casado. Pero Albert Rivera no le va a la zaga a la hora de anticipar pactos.

Convengamos en que los rinocerontes de Ionesco llevan aquí desde el 78. No son hoy más que antes. Pero hasta ahora se han mantenido apartados en su criadero, el que les ofrecía un PP que desde siempre se había resistido a desligarse de su origen tardofranquista si bien, al mismo tiempo, por su empeño en mostrarse como referente del humanismo cristiano, especialmente desde que Aznar hacía como que pasaba el testigo (que, con toda la fortuna para el PP, recogió Zapatero), no les brindaba todas las comodidades deseadas. En el reino de la posverdad, Vox les ha ofrecido la plataforma oportuna desde la que airearse, hacer ruido y parecer más. La estrategia del PP, con la puesta al frente de un Aznar II con tal de que los hijos dispersos vuelvan a casa, resulta lógica en la medida en que son el exceso y la cornada, en detrimento del diálogo y el acuerdo, los que marcan ahora los tiempos. Ergo, la consecuencia de todo esto será que los rinocerontes nos resultarán cada vez más familiares: pedirán la expulsión de inmigrantes y listados con nombres y apellidos, y parecerá normal. Parte del juego.

O podría ser, quién sabe, que la ciudadanía volviera a votar y a pedir lo que es suyo. Con el cuerno en ristre, si hace falta.

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