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Llevamos décadas bajo el imperio de lo políticamente correcto y me sigue extrañando la mansedumbre con la que acatamos sus dictados. Algo que es objetivamente perverso (la uniformidad, la demonización de lo distinto), quizá por su capacidad para disfrazarse de progreso, agranda día a día su enorme poder sobre nuestras palabras, ideas y actos. Esa moderna forma de totalitarismo -al cabo no es sino esto- no encuentra apenas obstáculos en el logro de sus fines: de lo que se trata es de corregir la realidad para adaptarla a una concreta ideología. No persigue mejorar el mundo, ni hacerlo más humano y vivible. Su auténtico propósito es remodelar tal realidad de manera que, una vez artificialmente modificada, sea una réplica exacta de lo que dicha ideología pretende que ésta debe ser.

Son esencialmente tres los campos en los que despliega sus estrategias. En el primero, en el del lenguaje, está a punto de convencernos a todos de la superioridad de su ortodoxia. Callamos mucho más de lo que decimos. Utilizamos las palabras con insana cautela. Tenemos la voz atrapada en una terminología que nos coarta y aliena. Hora es ya de recuperar la libertad, de hablar como mejor nos parezca, sin estúpidos eufemismos, sin duplicidades ni memeces que nos hurtan el intangible desarrollo de nuestra individualidad.

En el segundo, en el también estabulado del pensar, se nos olvida que un pensamiento único no es pensamiento, sino creencia. Esa fe neonata resulta, por otra parte, peligrosamente excluyente. Triunfa un simplismo maniqueo en el que todo lo que sobrevive extramuros de la norma es condenable, perseguible y exterminable. Cada cual ha acabado convirtiéndose en carcelero de sus propias ideas, una circunstancia que revela la inminente derrota de la verdadera democracia.

En el último, en el de los hechos, nos anima a confundir solidaridad y sensiblería. La preocupación constante por todo y por todos, en principio noble, si alimenta culpas inexistentes, instaura virtudes obligatorias y pone en riesgo el bienestar de la mayoría, nos debilita y amarga, trastoca equilibrios fundamentales y entrega a los menos el timón de nuestro futuro. Ignorar la posible fuerza destructiva de la utopía es, acaso, un insensato y necio suicidio.

Anda nuestra sociedad enferma de igualitarismo. Nos quieren fieles, idénticos y silentes. Y estorba que uno sea uno, orgullosamente dueño de sus extravagancias, opiniones, dudas y errores.

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