La otra orilla

víctor rodríguez

Odio

Unos días de gripe y la necesidad de guardar reposo en casa, me han conectado a ese universo extraño de la televisión matutina. El Canal 24 horas de TVE viene retransmitiendo el juicio sobre el Proceso catalán. El tono anodino, casi de letanía, de las preguntas de los fiscales y las respuestas de los testigos es bastante más aburrido y protocolario de lo que muchos se pensaban, nada parecido a lo que el cine americano siempre nos mostró. Entre las declaraciones de los testigos hubo una que me llamó la atención; un guardia civil describía la mirada de odio extremo que transmitía un señor mayor tras las ventanillas del coche policial, a la salida de un registro judicial en una de las consejerías de la Generalidad, como si le hubiéramos hecho algo grave a su familia, comentó.

No quiero entrar en el tema catalán, más bien poner mi atención en la mirada de odio. Haciendo un ejercicio de suposición bastante atrevido, me imagino a ese señor entrado en años con una vida normal y apacible que, espoleado por el ambiente de crispación, carga contra el coche policial, que de pronto se convierte en el negro foco de todos los males pasados y presentes de su vida y las del pueblo catalán.

Recuerdo hace unos años, en la puerta de la guardería donde estaba una mis hijas, apareció una muchacha con un perro grande, sin atar y sin bozal, que asustó a la niña, saliendo instintivamente huyendo hacia la carretera, con el peligro evidente de que pasara en ese momento un coche. Ante la recriminación a la dueña del animal, no tengo en la cabeza tanto el improperio que me soltó, sino su mirada, mezcla de violencia y superioridad: animales y niños pequeños están al mismo nivel y usted debería acostumbrarse a ello, parecían decirme sus pupilas.

En estos tiempos resulta tan difícil el diálogo y el entendimiento porque a nuestra verdad le hemos añadido una enorme carga de emoción y frustración, lo que convierte en sagrado el argumentario propio, aunque a veces haya sido tomado prestado de otros. El atentado de Nueva Zelanda es un último y doloroso ejemplo. Antes nos quejábamos de los juicios condenatorios de las religiones, hoy han sido suplidos por otros muchos y diversos. No estaría de más rehacer el orden moral de las relaciones humanas, aceptando aquello que nos iguala a todos: el nacer y el morir. Lo demás es demasiado fútil como para hacernos creer superiores. Podríamos empezar por aceptar al que no nos soporta.

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