Estamos en la era de la hiperconectividad, nos mantenemos conectados de manera permanente, nuestra dependencia de la vida virtual es tal, que estamos supeditando experiencias personales a otras virtuales que se producen de manera paralela, sin darnos apenas cuenta de que estamos dando prioridad a atender los requerimientos que nos llegan desde nuestro móvil antes que a las personas que tenemos delante.

Hoy somos más esclavos que hace cuarenta años, cuando no existían los móviles, estamos permanentemente operativos y localizados tanto para el trabajo como para atender a nuestra comunidad virtual de redes sociales y programas de mensajería, y esto hace que se resientan nuestras relaciones personales frente a la comunidad virtual cada vez más absorbente.

Es habitual que, mientras hablamos con alguien sobre cualquier asunto, importante o no, no podamos evitar estar pendientes de los mensajes entrantes en nuestro móvil, mensajes que llaman nuestra atención con el sonidito de turno, ante el que como si un calambre nos hubiera recorrido el cuerpo, nos hace levantar el brazo y mirar instintivamente la pantalla de teléfono, perdiendo el contacto visual de nuestro interlocutor y lo que es peor enviando un mensaje subliminal de, me importa más lo que me puedan contar por el móvil no sé quién, que tus problemas.

Prácticamente hemos dejado de mirarnos a los ojos mientras hablamos, algo muy importante ya que cuando lo hacemos significa que tenemos puesta toda nuestra atención en la persona que tenemos delante, que en ese momento no hay nada que nos interese mas que su conversación, haciéndole sentir que realmente nos importa lo que nos está contando y que estamos siendo partícipes de su problema.

Una mirada puede contener más información que las palabras, y si no estamos atentos nos estamos perdiendo la valiosa información que nos suministra el lenguaje no verbal y que puede contener el auténtico estado de ánimo de nuestro interlocutor, vamos aceptando con normalidad que una conversación entre dos personas se interrumpa con otros hilos de conversación, mezclando lo importante con lo insustancial, lo personal con lo virtual, la individualidad con la pluralidad .

Los amigos, los hijos, nuestras parejas, la gente que nos importa en general, se merecen que les miremos a los ojos y que les hagamos saber que tienen a su disposición todo nuestro interés, no se trata solo de escuchar o parecer que se escucha, sino de ofrecer la exclusividad de un tiempo que no se comparte con nada ni con nadie más.

Nuestro teléfono no se va ofender porque no se atienda de manera inmediata sus requerimientos sonoros, es más nos va a esperar y nos volverá a recordar sin rencor, ese mensaje inoportuno para que podamos atender lo urgente cuando hayamos terminado con lo importante. Se supone que somos más inteligentes que este aparatejo, hagamos como si realmente lo fuéramos, aunque solo sea por aparentar que lo dominamos.

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