Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Martín Lutero Puigdemont

Martin Luther King tuvo un sueño, y lo mataron por soñar con un mundo más decente. Por algún motivo que no se alcanza a comprender, utilizamos en este sentido hermoso o positivo a la actividad onírica, cuando en realidad, y salvo urgencias fisiológicas propias de la edad bella, la mayoría de los sueños son como mínimo extravagantes, si no directamente pesadillas. Esta semana tuvimos una pesadilla y, como el sueño de King, no sucedió en la cama sino en plena vigilia y a través de las redes sociales: Puigdemont estaba en la pomada de candidatos para el Premio Nobel de la Paz (en realidad era una conjetura sobre un grupo de doscientos y pico nombres, pero con el marchamo de veracidad de Time). Algo así como proponer a Aznar o Zapatero para un Premio Bulería 2018… o al propio catalán errante huido de la Justicia como Pataíta del Año. O a Donald Trump y Kim Jong-il para galardonados con ese propio galardón de luchadores por la paz mundial: pues toma sueño, que estos también estaban en la lisérgica lista. Como se dice tanto ahora, "pa habernos matao". Pero no de un tiro como el activista afroamericano, sino del soponcio. Un íncubo cruel, que ni en los más pesados sueños de uno que se acuesta justo tras engullir un cocido maragato acompañado de una telera y una frasca de vino duro.

Qué ejemplo de pacifismo, el vecino gerundense del barrio de Waterloo, nombre por cierto de batalla histórica. Para pacifismo, bien mirado, el del maestro del estatismo Mariano Rajoy, que debió quizá haber mandado a paseo Schengen y, muy especialmente a los socios desleales alemán y belga, más amenazar sin ambages con reabrir la frontera si se incumple, humillantemente, lo pactado con la euroorden. Como se hizo por una decisión de unos jueces de provincia que carecen de elementos de juicio sobre un asunto nacional de extrema complejidad y alarma. Un visionario, Puigdemont, que ha sembrado, solo y en compañía de otros, la discordia en un territorio próspero, la polarización, el odio, y el rencor guerracivilista entre vecinos; que ha dejado a familias rotas en dos y sin volverse a sentar juntos por Navidad. Un golpe de Estado desde el propio Estado autonómico, con un referéndum de Martínez Soria y Mary Santpere, pero con vocación de dinamismo, modernidad y tal. Como el blanco y el negro están íntimamente pegados, el ying y el yang y toda dicotomía y dialéctica en la vida, más que el de la Paz le conviene a Puigdemont e Nobel del Encabronamiento. No el de la Guerra, por Dios.

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