En directo Los fallecidos eran "tres buenos estudiantes con vocación social"

Ayer, cuando esto se escribe, quien suscribe estaba atacado de amor a los colores, en absoluto ajeno al temor por ellos, y ante una final: la patria futbolera es un ancla emocional forjada por partidos de media hora en los recreos, hincada en el fondo del mar de tus afectos con alineaciones donde figuran ídolos -en mi caso, usted tendrá otros- como Julio Cardeñosa, heredada de la mano del entusiasmo de tu padre y tu tío en el graderío de cemento, con esa manera de aprender a convivir con las frustraciones y a gozar de los éxitos entre una masa devota, un asombro que te dio pequeñas armas para aprender a vivir y convivir: cuando transversalidad, empatía o resiliencia eran términos que estaban, como se decía, "en la mente del Señor", los campos de fútbol ya ayudaban a practicar la igualdad, y el afecto entre personas desconocidas y de diversa condición; a disfrutar de la pasión compartida, leal e incondicional; o a sobreponerse en un domingo cualquiera al bajonazo que provoca tarde o temprano la vida. A lo largo de las edades de tu existir, el fútbol te propina bocados de realidad, no siempre indoloros ni fugaces: estremecimientos de dolor y de gloria. Los colores son una suerte de comunión de la que sólo los memos hacen enemigos. Que el fútbol, como gran, aunque menor, metáfora del camino de la vida dé cancha a violentos, villanos e indeseables de diversa laya y atuendo no hace sino confirmar su potencia sentimental.

Este que usted lee es un medio de prensa singular y quizá único, que consta de nueve diarios locales con vocación regional de un territorio común que no es ajeno a los vicios del terruño, a los afanes de los ganapanes que promueven, con un afán oscuro de exclusión identitaria y doliente, el desafecto entre quienes por pura cercanía son parientes, si no hermanos. Allá ellos, y sus cristales aristados en el esófago. Yo, con tantos, siento verdiblanca esta tarde lluviosa. Ante el riesgo de la victoria y el de la derrota, a uno no le queda sino aprovechar este espacio para recordar que el fútbol, ese cosmos, debe pensar en los pequeños, en sus ilusiones. En el fondo, los aficionados de ley siempre son niños cuando se congregan para cantarle su canción a los que con su elástica son depositarios de tanto cariño. Quienes no son futboleros deben convenir con los enamorados a su equipo en que los mayores no somos, en esto, sino relevistas que damos un buen testigo a quienes nos suceden en tanto amor apasionado. Ganemos, o no, el cariño es el mismo. Uno, asustado, confía en que nuestros pequeños no se acostaran anoche tristes. Y si no, manque pierda.

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