El guarán amarillo

Desayunando en Tiffany's mientras suena el concierto de año nuevo

Cuando, de madrugada, Lula Mae Barnes desayunaba melancólicamente ante el escaparate de Tiffany's lo hacía plenamente convencida de que era el único lugar del mundo en el que podía sentirse a salvo, su única estrategia de supervivencia para afrontar una realidad vacía de la que no sabía o no quería escapar. El carismático y prismático personaje de Capote, descafeinado implacablemente por el cine de los sesenta, sabía que eso era solo una sensación, imposible de racionalizar o de explicar, pero era "su sensación".

Algo parecido me produce a mí el Concierto de Año de Nuevo. Creo que no podría encarar cada nuevo año que se cierne sobre nosotros, tan indecentemente lleno de incertidumbre como tan pletórico de expectativas, sin esa sobredosis de seguridad y bienestar que, apostada ante la pantalla, me llega desde la gran Sala Dorada del Musikverein. En ese paraíso de la acústica, todo parece perfecto e inalterable, como un instante diseñado por los dioses del Olimpo y congelado en el tiempo. Supo Hansen hacerlo bien. Creó una caja de resonancia perfecta y la forró con las líneas estables del clasicismo, la doró entera -como si no hubiera un mañana para gastar- y la decoró con todo un programa iconográfico que sumerge al espectador en las esencias conceptuales de la música. Desde los días de la Segunda Guerra Mundial, cada uno de enero suenan en ella composiciones sencillas y populares: las que se bailaban en las reuniones de la alta sociedad del XIX y que algún violinista avezado adaptaba para los suburbios de Viena. Ahora, para mayor gloria, las floristerías la invaden con 30.000 flores maravillosas que deben de generar una inmediata inmersión en la fragancia y el color. No existe nada fuera de ese paralelepípedo, pues él mismo lo contiene todo. Nada malo puede pasar dentro, ni nada malo pasa fuera.

Es una ficción hermosa que mi mente se obstina en combatir. Mientras transcurre el concierto cuento mentalmente el número de Rolex que habrá en la sala y especulo sobre su anómala procedencia. Entre los asistentes -hoy embozados tras la mascarilla- seguro que se esconde aún el veneno destilado del nazismo. El concierto mismo es todo un acto político que glorifica el nacionalismo austríaco -el de Austria sola y el del Anschluss- y toda una declaración de principios económicos: solo importa que el paralelepípedo se mantenga incólume.

Pero este no es buen camino para comenzar el año. En estos casos, más que nunca, tengo que sujetar mis propios debates y a la historiadora que llevo dentro. Hay que amordazarla en un lugar apartadito del cerebro y dejarse llevar: viajar en el tiempo, observar la maestría de los solistas, disfrutar de los sentidos, sobrevolar las riberas impolutas del Danubio, sentir en la cara la brisa que levantan los tutús de diseño de las bailarinas… Es "mi sensación". ¿Cómo, si no, volver luego a la realidad?

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