Si no fuera porque las desastrosas y terribles cantidades -inquietantes según insisten un día y orto algunos poco fiables telediarios- de contagiados, hospitalizados y muertos, nos hielan la sangre, estremecen nuestro ánimo, encrespan nuestra sensibilidad y nos conducen al pesimismo y la desesperanza, me produce una desasosegada sensación escribir sobre este maldito coronavirus que nos asola y nos deprime diariamente. Cuando consideramos serena y profundamente la situación agravada por estos contundentes rebrotes que han recrudecido la tragedia, comprobamos que a la hora de señalar causas y responsabilidades o de exigir y juzgar comportamientos, no se puede eludir como uno de los principales responsables a quienes están o pueden estar a nuestro lado, deambular a su antojo, organizar juergas y jaranas, botellones y celebraciones innecesarias, sin las debidas precauciones, sin usar mascarillas, sin guardar distancias de seguridad, desafiando la facilidad de un contagio tan virulento como el que estamos sufriendo, poniendo en peligro sus vidas y las de quienes, cumpliendo con las normas exigidas, conscientes de una imprescindible protección y confinamiento, pueden verse contaminados por estos insensatos irresponsables que desafían suicida y vilmente tan letales circunstancias.

Es cierto que por parte del Gobierno no sólo se inició demasiado tarde la reacción contra la invasión de la pandemia, advertido como estaba, y se ha demostrado fehacientemente desde mediados del mes de enero, sino que se demoró por intereses políticos -recuérdense las manifestaciones feministas del 8 de marzo- y se agravó por falta de medios y preparación adecuada para atacar al virus, improvisar y precipitar decisiones que no pudieron erradicar en las medidas debidas la intensidad de la pandemia. Si mal lo hizo el gobierno -el primer culpable-, demostrando su incompetencia, las comunidades autónomas responsables de ejercer una gobernanza firme y solvente han igualado en muchos casos la ineptitud del ejecutivo, que, además, se fue de vacaciones y se desentendió del problema. Serían los terceros culpables aunque el orden sea lo de menos. Una culpabilidad plural que exige responsabilidades ineludibles. Lo que debería ser una unión firme y solidaria para conseguir una deseada terapia en salud y economía, se ha convertido en controversia política no sólo porque el gobierno se ha empeñado en lapidar a los dirigentes de la comunidad de Madrid pero también porque la viscosa complicidad de Sánchez, ególatra, engreído y ambicioso, junto a Iglesias, bolchevique desquiciado insistiendo en asaltar los cielos con reminiscencias de Chaves y Maduro, pretenden cuestionar al Rey, demoler la constitución, ocupar las más altas instancias judiciales, ignorar la separación de poderes, pactar con quienes intentan quebrar la unidad de España… Entre tanta incertidumbre y tanta retórica vacía ¿esta es "la nueva normalidad" que nos queda?

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