Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Cubalibre

El cubano disidente disentía, pero no toleraba bien la crítica del español a Fidel Castro

Hace años, el profesor fue contratado para formar a docentes cubanos en gestión de empresas y marketing. Estos términos capitalistas comenzaban a ser deseables para un país que se volvía a abrir al turismo y a un proceso de lenta aceptación de cierta iniciativa privada. Surgían en La Habana los paladares, restaurantes en domicilios privados (es un decir). El turismo de nuevo, después de haber sido en los 50 el casino y prostíbulo de Estados Unidos (remitimos a El Padrino II, con Batista vendido a la mafia judía: recuerden a ese Hyman Roth interpretado por Lee Starsberg). Apenas comenzado el siglo XXI, el avión en que el profesor cruzó el Atlántico era una bomba volante de testosterona italiana y española: todos tíos, chorreando tras las orejas un deseo de primera a precio de cuarta. El jineteo -la prostitución por miseria- era una lacra que el régimen cubano debía erradicar si quería dar algún futuro a la nueva industria captadora de divisas. Se enviaba a cortar caña y otros trabajos forzados a quienes fueran actores o cómplices de la venta de carne caribeña a babosos mediterráneos (y más de una babosa infiltrada).

"Marketing y gestión de empresas" para cubanos: había algo de paralelo con aquello de echar la bebida del enemigo -la cocacola gringa- en el ron local, y hacer así un cubalibre y una Cuba más libre, con hielo y paragüitas de colorines. Al profesor le recordaba la consideración que el cubano de calle tenía por su comandante a la que muchos españoles de los sesenta y setenta tenían por Franco. Un dueño tiránico no deja de ser querido por sus perros domados con férrea autoridad. El profesor recibió en su casa, donde había un bebé de año largo y otro de apenas meses a un conductor de faster -bicitaxi- que estaba casado con una hija de un antiguo jugador del Betis en la República, ¡de nombre Rojo! La pareja -balseros del aire, llegaron en Iberia- se presentó sin avisar ni invitación, y acompañada de un pariente de dos metros y muchas arrobas de peso. Allí estuvieron los tres dos meses, hasta que Cáritas les buscó alojamiento. En ese tiempo de estancia sobrevenida, los que huían de la pobreza de un régimen dictatorial y asediado comercialmente por parte del enemigo de la cocacola no toleraban que nadie mentase malamente a Fidel. Ellos, disidentes y hoy españoles como su hija, no respondían nada mansos cuando se les recordaban las cárceles pobladas de presos políticos. Algo que me recordaba profundamente a muchos de los padres y abuelos de quienes éramos niños en los sesenta en España.

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