En tránsito

Crédulos

Los humanos somos frágiles y necesitamos engañarnos con la idea de que lo imposible pueda ser posible

Una de las cumbres de la narrativa universal se halla al final del Evangelio de San Juan, en el capítulo 20 para ser exactos. Tres días después de la muerte de Jesús, cuando María Magdalena descubrió que el sepulcro estaba vacío, María fue a la tumba de su hijo. Cuando vio que la tumba estaba vacía, se echó a llorar. "Mujer, ¿por qué lloras?", le dijo un hombre que se apareció de pronto junto al sepulcro. María creyó que aquel hombre era un jardinero y le preguntó si se había llevado el cuerpo de su hijo. El jardinero no le contestó y simplemente se dirigió a ella por su nombre: "María". Y entonces María se dio cuenta de que aquel desconocido no era un jardinero, sino su hijo resucitado. María no lo dudó ni un segundo. Y ni siquiera lo dudó cuando el hombre le impidió que fuera a abrazarlo y le pidió que no lo tocara. Pero ella no albergó ni la menor duda: aquel hombre que hasta hacía un segundo había sido un desconocido era su propio hijo resucitado.

Evidentemente, en el relato evangélico obraba la fe de María en la palabra de su hijo, que había anunciado su resurrección poco tiempo antes de su muerte en la cruz. Pero lo importante -por ser lo más humano y lo que todos podemos entender con independencia de nuestra fe o de nuestra falta de fe- es que una madre destrozada por el dolor necesita creer que su hijo está vivo. Los humanos somos frágiles y necesitamos engañarnos con la idea de que lo imposible pueda hacerse posible en algún momento de nuestras vidas. Y por eso mismo, los humanos siempre estamos dispuestos a creernos algo que en el fondo sabemos que es imposible.

Tomemos el caso -por pintoresco que parezca- de ese simpático embaucador gallego que ha hecho creer a unos cuantos periodistas crédulos que había estado en coma durante 35 años. A ninguno de los periodistas se le ocurrió pensar que el tipo tenía un excelente aspecto. El tipo, además, estaba promocionando un libro. Y por si fuera poco, el buen hombre decía que se había casado y había tenido hijos durante esos 35 años que había pasado en coma. Tanta es nuestra credulidad, y tanta es la necesidad de dejarnos engañar con historias descabelladas que puedan atraer a los lectores, que esos periodistas dieron por buenas las palabras del hombre y anunciaron al mundo que había estado 35 años en coma. Y luego hay gente que se ríe de los milagros que se cuentan en los Evangelios.

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