Tirando del hilo

Consuma responsabilidad

Poco sabemos de dónde viene aquello que compramos, de las personas que lo fabrican, ni de las condiciones sociales que viven

Recuerdo que cuando era pequeña la tarta de cumpleaños la comprábamos en la pastelería de mi barrio.. En la tienda chica buscábamos las golosinas y, cuando caía la tarde, corríamos en cuadrilla al kiosco de la plaza a por un cartucho de patatas fritas. Hace años también conocíamos quien había confeccionado nuestra ropa. Sabíamos dónde se hilaba y teníamos la certidumbre de saber quién había tejido nuestros trapos. Ahora existimos a una deslocalización del producto y también de las personas. Poco sabemos de dónde viene aquello que compramos, nada conocemos de las personas que lo fabrican, ni mucho menos de las condiciones sociales que viven.

Las rebajas enmarcan un periodo lleno de grandes carteles y falsa creencia de últimas oportunidades. El consumo se dispara haciéndonos creer que nunca es suficiente. Cómo no vamos a querer consumir si al año se destinan 400.000 millones en marketing. A esto, sumemos el frenesí de una vida de urgencias, un tumulto desaforado que no quiere colas ni esperas. Es difícil no sucumbir a los cantos de sirena del gigante del comercio electrónico que, al día siguiente, lleva a tu sofá todo lo que desees. Internet y las grandes corporaciones golpean fuerte a los pequeños locales que intentan sobrevivir a la pedregosa oleada consumista.

Es acuciante comprar cercanía y reactivar la economía local, generando empleo y dinamizando la vida de nuestros barrios. Por cada cien euros gastados en una gran superficie solo un 14% se queda en nuestra comunidad, mientras que si los gastamos en el pequeño comercio el 45% permanece en nuestra. En nuestras personas.

Ninguna calle queda mortecina si la regamos con creatividad y consciencia colectiva. No podemos dejar morir a los negocios de nuestra localidad como si fueran cuerpos moribundos y desarrapados que se aquejan de un malestar. Por eso, tenemos que entender que nuestro consumo es un acto de reivindicación. No solo votamos una vez cada cuatro años, con nuestra compra elegimos diariamente con qué llenamos el carro de nuestra vida. Así pues, es esencial que busquemos y apoyemos a aquellos que lo merecen y apuestan, con su trabajo, por un comercio justo que respeta los derechos de las personas y el medioambiente. No creamos que esto es una fruslería y exijamos, coordinados, políticas públicas que universalicen el acceso a los derechos fundamentales, fomentando y premiando a aquellos que no nos fallen. La manera de vivir y relacionarnos se transforma con celeridad. En nosotros está cambiar patrones de consumo anquilosados por otros conscientes y respetuosos. El desafío es grande pero necesario si no queremos volver a casa con un cortejo de negocios cerrados, persianas bajadas y maniquíes en la basura. Si queremos una economía sana, tendremos que alimentarla.

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