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Teníamos sobrevalorados a los catalanes en general y a sus dirigentes en particular. Como habíamos sobrevalorado a los británicos, que se dejaron engañar con el Brexit y ahora no saben salir de la trampa. Como teníamos sobrevalorados a los norteamericanos: eligieron al primer presidente negro, dando ejemplo al mundo, y a continuación votaron a un payaso. A ver si aprendemos; no hay nadie mejor que los demás. El complejo supremacista catalán sólo ha sido posible gracias a un complejo de inferioridad igual de fuerte del resto de los españoles, andaluces incluidos.

El punto al que hemos llegado es como un cuento infantil, que podrían representar unos gegants i capgrossos. El pequeño Puigdemont y el grandote Junqueras proclaman la independencia y se inmolan por su pueblo. Así en genérico; sólo un pueblo, uniforme, entregado a la causa. Los demás son traidores. Recuerda cómo resuelven los dirigentes comunistas chinos ante los visitantes extranjeros la perfecta conexión entre la cúpula de la dictadura del partido y su pueblo: "El Gobierno opina… el chino piensa…". ¡El chino! Son 1.300 millones de personas, pero el PCCH los reduce a un individuo único, anónimo.

Y ahora nos hemos dado cuenta de que sobrevalorábamos lo catalán. Durante años, en especial durante la dictadura, Barcelona era moderna y Madrid antigua. Pero el nacionalismo ha ido encapsulando a la sociedad catalana. Se ve mejor si miramos cómo se engañaron otros. ¿Por qué se sobrevaloraron a ellos mismos los británicos? Tony Judt cuenta en Postguerra cómo se educaron los británicos como él, nacidos tras la II Guerra Mundial: "Los mapas de las escuelas mostraban un mundo bañado por el rojo imperial; los libros de historia prestaban gran atención a las conquistas británicas en la India y África. Los noticiarios de cine, los informativos de radio, los periódicos y revistas, los cuentos para niños, los tebeos, las competiciones deportivas, las latas de galletas, las etiquetas de las conservas de frutas, los escaparates de las carnicerías: todo constituía un recordatorio de la crucial presencia de Inglaterra como centro histórico y geográfico de un imperio marítimo". Hagan la traslación y verán cómo los protagonistas de nuestro cuento catalán de gigantes y cabezudos han llegado hasta aquí.

La parte buena de la parte mala es que han quedado en evidencia estos maestros del victimismo y el supremacismo, pero también los populistas antisistema en auge desde las elecciones europeas de 2014. Encima, Rajoy sale reforzado con un gesto audaz impropio de su carácter: convocar elecciones nada más destituir a los sediciosos. Todo ocurre la semana en la que la fiscal del caso Gürtel, en sus conclusiones finales, consideró abrumadoramente acreditada la caja B del PP. Han hecho un pleno los separatistas; hasta han blanqueado al Gobierno.

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