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Pocos libros me parecen tan conmovedores como el de Óscar Wilde que lleva ese título. El de un salmo (130) penitencial: “Desde lo más profundo te invoco”. Propio de la Cuaresma (“cuarentena” en latín) y que ha dado lugar a no pocas interpretaciones litúrgicas y artísticas. En la obra del irlandés -una larga carta a Alfred Douglas desde la cárcel de Reading- el dolor se va apoderando de la reflexión a partir de la mitad de la misiva y derivará en una particular, y muy humanizada, visión de Cristo como el primer romántico de la Historia. Quien había llegado a afirmar en algunas de sus geniales paradojas que lo más profundo era nuestra piel, repetirá hasta en cinco ocasiones que “el vicio supremo es la superficialidad”. Como si desde el abismo de su condena penal, pero social sobre todo para él, que había sido un auténtico modelo del dandy finisecular, Wilde acertará a dar con la estatura exacta de su dimensión moral. Desde la lucidez y una escritura serena e inteligente, advierte con Wordsworth que el sufrimiento “tiene el carácter de lo infinito”. Desde ese abismo, pues, como en el viejo salmo para quien lo reza o interpreta, el confinamiento del autor puede asemejarse a cualquier otra situación (salvando, claro está, distancias y especialmente condiciones) de soledad forzada, de ensimismamiento ordenado, en el que acabaremos hablando con “el hombre que siempre va conmigo”, y ya nos dijo Machado que “quien habla solo, espera hablar a Dios un día”. También Wilde se refiere en su carta a la eternidad del presente permanente en el que vive. Cómo desde él ha logrado, debido precisamente al dolor, un grado de felicidad y compasión que desconocía. Desde ese lugar, admirará aún más la verdad y la justicia de la belleza artística, ofreciéndonos, gracias a una confesión tan descarnada, una estatura intelectual que se agiganta a cada párrafo. Hasta un final en el que uno mismo, sencillo y tranquilo lector, se ve inspirado por la fuerza de la más auténtica literatura: la que a través de la inteligencia más exigente y la reflexión más severa despierta la emoción más necesaria.

Podría parecer descabellada la comparación de un encierro decretado en nuestro propio domicilio con el encierro en una mazmorra de hace más de un siglo. Pero la propia atmósfera del relato de Wilde como la “profundidad” de un alegato en favor de las virtudes esenciales del ser humano y de su capacidad de introspección hasta el mismo abismo de la conciencia, pueden concedernos una mirada particular y consoladora a estos días donde se suceden las estremecedoras cifras de muertes y contagios. No se trata de convencernos de (mucho menos de convertirnos en) nada que no supiéramos o creyéramos ya, sino -como nos sugiere la epístola- de una “transformación” y de un viaje hacia el interior de nosotros mismos. Que la “funesta manía de pensar”, que tanto denostaron los absolutistas, nos lleve a considerar, sobre todo en plural, el valor de cuidar y de cuidarnos entre todos. Que lo que hace sólo unos días nos parecía regalado sin esfuerzo, adquiera el valor exacto del compromiso por mejorar la vida de los otros, que obviamente, y como estamos comprobando y aplaudiendo, no son el Infierno. Ni que el Paraíso pueda estar “en la otra esquina”, sino en la misma que da a tu propio bloque y que, gracias al buen humor por ejemplo, te salva de la angustia y el desasosiego.

Escribe Víctor Hugo en el Libro VII de Los Miserables: “Hay un espectáculo mayor que el mar, y es el cielo; hay un espectáculo mayor que el cielo, y es el alma por dentro.” No pretendo, amables lectores si hasta aquí llegasteis, que nos consolemos sin más de no poder contemplar paisajes tan hermosos ni acariciarlos en este inicio de primavera rota. Sé que el oleaje de los afanes cotidianos y hasta los nubarrones de la rutina más vulgar nos recuerdan hoy la fragilidad de un sistema que alimentó demasiado el egoísmo de cada uno e hizo insaciable la ambición de cada cual. Especialmente de quienes acabaron por convertir una sociedad libre de mercado en un mercado libre de sociedad. Nuestra mirada interior, sospecho, iba hacia el bienestar exclusivo y el miedo instigado a lo extranjero, a los demás que no fueran los nuestros nuestros. Padeciendo ahora la misma epidemia, con la trágica equidad de un virus global (sí, como la tecnologías a las que no todos llegan), lo mismo consideramos desde el dolor de cada casa -como Wilde desde su celda- ese dolor mayor del planeta ante la incertidumbre de remedios que quizás no nos salven. A no ser que lo intentemos juntos. Sin desmayo y, por ahora, en casa.

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