Análisis

José A. mancheño jiménez

Mi laudatio

Existe oculto un hombre en cada hombre, el reverso de la moneda que nunca puede verse, el otro yo insondable, aquello que se vislumbra pero jamás se aprehende.

Es tan nítido que escapa al tráfago diario, a ese deambular de las cosas mundanas, al puro y duro mercantilismo e, incluso, al encomiable emprendimiento.

Todo eso vale lo que vale novus ordo en el esfuerzo por conseguir "llegar a la cima", según la semiología USA, donde la selva del éxito económico supera al concepto humanístico.

La introducción sirve para delimitar el ámbito de juego donde se desarrolla el activismo de un personaje inédito en estas tierras, José Luis García Palacios, fallecido inesperadamente y exaltado por cuantas personas e instituciones han tenido la posibilidad de conocerle en ese referente público, empresarial y financiero.

Es una cara suntuosa y atractiva, pero es una visión incompleta de la persona que desempeña otros parámetros sociales, otros valores insondables, otra filosofía de vida, otro ente decisivo que dialoga con Otelo para dilucidar la elección, noble y veraz del "ser, o no ser" y acarrear festones y laureles, coronas engastadas en soberbia hojalata, en vana y honorable clámide, en torva presunción, fasto y engolamiento.

En el templo de la sabiduría, Francisco Javier Martínez expuso la trayectoria de aquel que ha conseguido construir un imposible. Aquella primera y humilde Caja Rural logró, bajo su dirección, engrandecer su ámbito y prestigio.

Decía al comienzo que tras la mera apariencia existe otra sumida identidad, desconocida y trascendente que hace del ethos griego ese comportamiento ajeno a la lisonja, hundido en las raíces de un ejercicio en el que la trayectoria personal supera toda materia especulativa. Con ello, deseo exponer cuantas muestras inéditas del personaje no puedan figurar en el ámbito público y exitoso, en cuantas acciones ha conseguido acallar a lo largo de su vida.

Mi laudatio se halla apegada a otros conceptos, tal vez carentes de solvencia fiduciaria, pero madera identitaria de una senda trazada desde la adolescencia. Hablo de otro José Luis que reconozco en una íntima sencillez, el de una inquebrantable fe en sus advocaciones, Virgen Chiquita, Rocío y Esperanza, donde en blanco sayal reposaba su hombro al de María, el Lunes Santo, el que no devolvía injuria por injuria, traición por traición, ofensa por ofensa, sino al contrario, bien por mal, aquel que nada teme y todo espera, el del espíritu compasivo, el que camina por cañadas oscuras y nada teme, el de las astas maestrantes de los lances de luna, el del amor incuestionable a la tierra que le ha visto nacer, el de los robledales y pinares, bayuncos y nácares, el de las seguidillas rocieras y el de la Salve a la Señora en el silencio de la Ermita, el buen esposo y padre, prudente, sereno y, siempre, amable y comprensivo. Ese que es el ignorado, cuya figura no puede reflejarse en títulos ni homenajes.

El de tanto entreguismo a las causas dolientes: enfermedad, marginación, pobreza y hambre.

Qué bien le cuadran los versos de Juan Ramón en su Viaje definitivo: "... Y yo me iré, y seguirán los pájaros cantando, y se quedará mi huerto con su verde árbol y con su pozo blanco".

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