La trampa de la positividad tóxica

Psicología y salud: Todo está en ti

Se trata de esa presión que sentimos, tanto por parte de los demás como de nosotros mismos, para estar siempre alegres y con una sonrisa

No se puede ser siempre feliz. / H.I.
Emma García

Huelva, 25 de enero 2026 - 05:00

La trampa de la positividad tóxica es uno de los problemas psicológicos más comunes de hoy en día. Se trata de esa presión que sentimos, tanto por parte de los demás como de nosotros mismos, para estar siempre alegres y con una sonrisa, sin importar lo que esté pasando en nuestra vida. A simple vista, querer ser positivo parece un buen consejo, pero cuando se vuelve una obligación que ignora el dolor o los problemas reales, se convierte en algo dañino. La psicología nos explica que este optimismo forzado no ayuda a curar las heridas, sino que actúa como una venda mal puesta que esconde la suciedad en lugar de limpiar la herida. Al decirnos que solo las emociones "buenas" son válidas, terminamos sintiéndonos culpables por el simple hecho de estar tristes o cansados.

Esta situación se alimenta mucho de lo que vemos en internet. En las redes sociales, parece que la vida de todo el mundo es perfecta, llena de viajes y éxitos. Esto crea una regla no escrita de que estar bien es lo único normal. Cuando alguien pasa por un mal momento, lo más común es que reciba frases hechas como "tienes que ser fuerte", "sonríe que la vida es bella" o "no dejes que eso te afecte". Aunque la gente suele decir esto con buena intención, el mensaje que llega es que sentirse mal es un error que hay que corregir rápido. Para la psicología, esto es peligroso porque invalida lo que la persona siente, haciéndole creer que sus emociones son una señal de debilidad o que no tiene suficiente fuerza de voluntad para ser feliz.

Negar que sufrimos tiene efectos reales en nuestra salud. Cuando guardamos una emoción fea para parecer positivos ante los demás, el cuerpo no se olvida de ese golpe. Los estudios dicen que aguantarse las ganas de llorar o reprimir el enfado aumenta el estrés y puede terminar causando dolores físicos, ansiedad o incluso una tristeza mucho más profunda después. Lo curioso es que, al intentar forzar la felicidad a toda costa, terminamos más lejos de ella. Estar bien de verdad no significa no tener problemas, sino ser capaces de enfrentarlos con honestidad, dándonos permiso para sentirnos mal cuando las cosas salen mal.

Otro gran problema de esta positividad falsa es que nos hace menos empáticos. Si nos creemos el cuento de que ser feliz es solo una decisión fácil, dejamos de entender el dolor de los demás. La verdadera empatía es ser capaz de acompañar a alguien en su momento oscuro sin intentar encender la luz corriendo. Cuando le decimos a alguien que sufre que "mire el lado bueno", en realidad lo estamos dejando solo con su problema y le sumamos la carga de tener que fingir que ya está mejor para no incomodarnos. Esto rompe la confianza entre las personas y crea un mundo donde todos fingimos estar bien mientras sufrimos en silencio.

Para salir de esta trampa, la psicología nos invita a practicar la aceptación. Esto no significa que debamos quedarnos hundidos en el sofá para siempre, sino que debemos aceptar la realidad tal como es. Las emociones son como mensajeros: el miedo nos avisa de un peligro, la tristeza nos ayuda a despedirnos de algo que perdimos y el enfado nos dice que algo no es justo. Si tapamos estos mensajes con frases motivadoras, perdemos la oportunidad de entender qué necesitamos cambiar en nuestra vida. La salud mental no es estar siempre dando saltos de alegría, sino saber manejar todas nuestras emociones sin juzgarlas.

Cambiar esto empieza por mejorar cómo nos hablamos a nosotros mismos y a los demás. En lugar de decir "no llores", es mejor decir "entiendo que esto te duela". Necesitamos recuperar el derecho a tener días malos. El crecimiento personal de verdad suele venir de los momentos difíciles, no de las fiestas. La positividad sana es la que sabe que hay problemas, pero decide buscar una salida después de haber aceptado el golpe. Es un optimismo que tiene los pies en el suelo, no uno que vive en las nubes negando la realidad. La razón por la que escapamos de las emociones incómodas tiene raíces profundas, tanto en cómo funciona nuestro cerebro como en la educación que recibimos desde niños. En primer lugar, existe una razón biológica: nuestro cerebro está diseñado para buscar el placer y evitar el dolor. El miedo, la tristeza o la rabia se sienten físicamente desagradables en el cuerpo; pueden generar opresión en el pecho, nudos en el estómago o tensión. Por instinto, el ser humano trata de alejarse de cualquier sensación que genere malestar, tratándola como si fuera un peligro físico del que hay que huir, aunque en realidad sea una respuesta emocional natural y necesaria.

A esto se le suma la educación emocional que la mayoría hemos recibido. Desde pequeños, es común escuchar frases como "no llores", "no te pongas así" o "enfadarse es feo". Estos mensajes nos enseñan que las emociones negativas son señales de pérdida de control o de falta de madurez. Crecemos asociando la tristeza con la debilidad y el enfado con la mala educación. Por eso, cuando de adultos aparecen estos sentimientos, nuestra primera reacción es esconderlos o reprimirlos, no porque queramos ser falsos, sino porque tenemos miedo a ser juzgados por los demás o a ser vistos como personas inestables. También evitamos estas emociones por el miedo a perder el control. Existe la creencia equivocada de que, si nos permitimos sentir mucha tristeza, nos quedaremos atrapados en ella para siempre. Pensamos que, si abrimos la puerta al dolor, este nos inundará y no podremos volver a salir.

Sin embargo, en psicología sabemos que ocurre lo contrario: cuando te permites sentir una emoción, esta cumple su función, pierde fuerza y finalmente se marcha. Al intentar bloquearla, lo único que conseguimos es que esa emoción se quede "atrapada" y regrese más adelante con más fuerza o en forma de ansiedad.

Finalmente, vivimos en la era de la "felicidad como producto". Se nos vende la idea de que si no somos felices es porque no nos esforzamos lo suficiente, lo que convierte al sufrimiento en un motivo de vergüenza. Evitamos las emociones negativas porque estar mal se ha vuelto algo socialmente inaceptable; nos hace sentir que hemos fracasado en el objetivo de tener una vida perfecta. Al final, huimos de lo que sentimos porque nos da miedo enfrentarnos a nuestra propia vulnerabilidad y a la realidad de que no siempre podemos tener el control de todo lo que nos sucede.

En resumen, liberarse de la positividad tóxica es dejar de castigarnos por ser humanos. La vida tiene momentos buenos y momentos malos, y ambos son necesarios. No hay luz sin oscuridad. Al permitirnos sentir todo el abanico de emociones, sin filtros ni mentiras, no solo cuidamos mejor nuestra mente, sino que nos volvemos personas más humanas y cercanas. El bienestar real no está en ser invencibles, sino en tener la valentía de admitir cuándo nos duele algo.

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