Ponce revela la agitada existencia del periodista entre recelos e ingratitudes, olvidos y desatenciones
Crónicas de otra Huelva
“Tal es la eterna tragedia del periodista; del abnegado periodista que deja en cada cuartilla algo de su propia vida, de esa vida que no aroman otras flores que las de la satisfacción del deber cumplido”
La satisfacción del deber cumplido
Vamos a considerar este artículo de José Ponce Bernal como una reflexión metaperiodística, es decir, un texto en el que el periodista toma como objeto de análisis su propia profesión, que es la nuestra. Frente a los artículos costumbristas o de crítica social directa que venimos presentando en estas Crónicas de otra Huelva, el autor adopta un tono más grave y reflexivo para denunciar la falta de reconocimiento, la ingratitud y el olvido que rodean al oficio periodístico, especialmente en la prensa provincial.
Desde el punto de vista estilístico, el texto se caracteriza por un lenguaje retórico y moralizante, con abundancia -según su costumbre- de metáforas (“como la cigarra”, “servir de escabel”, “piadoso velo”) y un léxico cargado de intensidad emocional. La estructura es claramente argumentativa: parte de una constatación general, se detiene en ejemplos concretos —el lector ingrato, el suscriptor exigente— y culmina en una conclusión de tono casi elegíaco. El uso de exclamaciones y de frases enfáticas refuerza el carácter confesional del artículo.
Queremos destacar su sinceridad autocrítica y su valentía discursiva. Ponce Bernal rompe con la imagen idealizada del periodista como figura influyente y poderosa, y lo presenta como un trabajador sacrificado, útil a todas las personas, pero recompensado por nadie. Esta visión desmonta tanto la vanidad del propio gremio como las expectativas interesadas de los lectores, a quienes se reprocha confundir la información con el halago personal o el favor político.
En un plano más amplio, el artículo refleja el malestar estructural del periodismo español en los años finales de la Monarquía alfonsina, marcado por la precariedad económica, la dependencia de suscriptores y presiones externas, y la falta de reconocimiento social. La firma final, solemne y resignada, convierte el texto en una suerte de alegato ético: el periodista como servidor público silencioso, cuya única recompensa es “la satisfacción del deber cumplido”, idea profundamente arraigada en el periodismo vocacional de la época.
Se ha dicho y reconocido multitud de veces —pero no nos corregimos— que el periodista se pasa la vida como la cigarra, cantando… a los demás, alabando y ayudando a todo el mundo para que consiga sus ideales y aspiraciones, defendiendo los intereses generales… y olvidando, lamentablemente, los propios que nadie se cuida de patrocinar.
Lo corriente es que todos esos desvelos por las ajenas causas, se le paguen al periodista con la moneda de la ingratitud. Porque resulta que la mayoría de los señores a quienes tan señaladamente se ha servido, llegan a creer, por un fenómeno de autosugestión, que tales loas y aplausos eran una obligación que tenía el profesional de la pluma, de tributarlos a ellos, rindiendo culto a la justicia. Cada cual se considera con méritos sobrados para eclipsar a las más grandes lumbreras del siglo. ¡Piadoso velo que ciega y encubre los propios defectos, e inmoderado narcisismo que pondera exageradamente las cualidades aceptables!
Luego hay aquellos que, porque son suscriptores del periódico, creen poder influir en las orientaciones del mismo y disponer a capricho de sus columnas para insertar en ellas cuanto les convenga, y que al resto de la humanidad le importa bien poco. Al convencerse de que la suscripción no da derecho más que a recibir el periódico, a diario y a su debida hora, se enfadan mucho y toman la represalia de no pagar el recibo.
Y así transcurre la agitada existencia del periodista; entre recelos e ingratitudes, olvidos y desatenciones de quienes precisamente estaban más obligados a considerarle. Al cabo de haber servido de escabel a centenares de personas para que escalen las alturas, él se halla sin haber subido un escalón, y cuando llega el término de su vida, desaparece en el anónimo, sin que nadie le haga la ofrenda del recuerdo, ni la más delicada aún, de la alabanza y la justicia.
Tal es la eterna tragedia del periodista; del abnegado periodista que deja en cada cuartilla algo de su propia vida, de esa vida que no aroman otras flores que las de la satisfacción del deber cumplido.
Blanqui-Azul
Diario de Huelva, 10 de enero de 1931
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